Por: Fredy Ernesto Tovar Montenegro
Opinión
Los siglos XX y XXI han sido testigos del relato que ha construido EEUU para justificar su política exterior de invasiones y explotación, con el parapeto de la “defensa de la democracia, la libertad y los derechos humanos”. Basta hacer un recorrido histórico riguroso a las intervenciones militares, políticas y económicas en América Latina, Asia, África y el mundo entero, para corroborar una constante y es que detrás del discurso moral, su verdadero interés se centra en el dominio geopolítico y la explotación de recursos naturales estratégicos.
Desde Méjico en 1846, cuando la expansión territorial gringa se impuso sobre la soberanía de su vecino, hasta las guerras mas recientes en el oriente medio y el Asia central, la motivación norteamericana ha sido recurrente. En América Latina, “el patio trasero” como lo definió la doctrina Monroe, las invasiones y los golpes de Estado aupados por la Casa Blanca, marcaron el rumbo del cono sur durante tiempos considerables. Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Panamá en 1989 y Chile en 1973 son apenas algunos de los episodios en los que gobiernos democráticamente elegidos fueron derrocados cuando sus políticas afectaban los intereses económicos del norte, especialmente cuando se trataba de tierras, petróleo, minerales y rutas estratégicas para el comercio.
En Asia la historia también es similar. Filipinas, Corea, Vietnam, Irak o Afganistán evidencian que el discurso de la “liberación” y la “restauración democrática” son la máscara para justificar guerras devastadoras, millones de víctimas humanas especialmente civiles y Estados fallidos. En la guerra vietnamita lo que motivó a USA eran intereses estratégicos en el sudeste asiático, no tanto la contención del comunismo. Las tales armas de destrucción masiva, resultaron un fiasco en la guerra contra Irak, pero abrió las compuertas del control energético petrolero de la región a dispensas de empresas norteamericanas.
Durante la Guerra Fría, el anticomunismo funcionó como marco ideológico para justificar operaciones encubiertas y golpes de Estado. En Guatemala (1945), la CIA orquestó el derrocamiento del Presidente Jacobo Árbenz tras la reforma agraria que afectaba directamente los intereses de la United Fruit Company, empresa gringa con amplias concesiones sobre tierras y puertos. En Chile (1973) la intervención del gobierno de Richard Nixxon tenía el propósito de defender los bolsillos de las multinacionales explotadoras del cobre; lo de la democracia y la libertad suenan nuevamente a cuento chimbo.
En este contexto histórico, el secuestro del dictador Maduro (dictador también es quien se perpetúa en el poder) por parte del gobierno Trump, no puede leerse con el chiste de la defensa de la democracia en Venezuela y de la lucha contra el supuesto cartel de los soles. La real motivación es la reserva de crudo que reposa en el lago Maracaibo y toda la dispensa petrolera que hay en el subsuelo venezolano.
La política de soberanía energética de Maduro es el verdadero palo en la rueda para los intereses de Washington.
Este clima de hostilidad, tiene a Colombia y su presidente Petro, en situación de alto riesgo, pues sin ser enemigos militares de EEUU, los modelos alternativos con una agenda centrada en reforma agraria, transición energética y verdadera guerra contra el narcotráfico y los narcotraficantes, son razones suficientes para que Trump defina a este gobierno como objetivo militar, en su enmascarada lucha contra las drogas y la salvación de la democracia.
Los gobiernos genuflexos anteriores a Petro, fueron dóciles y obedientes a los mandatos del coloso del norte. Colombia históricamente aliada incondicional de Estados Unidos, hoy se pone de pie liderando a nivel mundial una política diferente frente a las drogas, al calentamiento global, a la transición energética y al respeto por la autonomía y la dignidad de los Estados.
No se trata de idealizar gobiernos ni de negar realidades internas antidemocráticas, pero esto no puede ser negociable con la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.
La verdadera amenaza a la democracia no proviene de los pueblos que deciden su propio camino, sino de los imperios que se niegan a reconocer y aceptar que el mundo ya no les pertenece.