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Por qué las muertes trágicas duelen más

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

Como muchos, he sentido la necesidad de entender por qué ciertas muertes sacuden más que otras. No hablo desde la autoridad académica ni desde la voz de un experto en psicología o neurociencia, porque claramente no lo soy. Solo desde la curiosidad y el respeto que nace al leer algunos artículos científicos y tratar de comprender, con lenguaje sencillo, un fenómeno que toca lo más profundo de lo humano: el duelo frente a la muerte trágica.

La ciencia explica que el cerebro reacciona con mayor intensidad ante lo inesperado. Cuando una muerte ocurre de forma repentina o violenta, se activa con fuerza la amígdala, una estructura cerebral encargada de procesar el miedo y las emociones intensas. Esta activación hace que el hecho quede grabado con más profundidad en la memoria emocional. Por eso estos eventos no solo se recuerdan, sino que se “reviven”, y el impacto se mantiene presente incluso con el paso del tiempo.

Desde la psicología se habla del llamado “duelo complicado”. Estudios indican que entre el 10 % y el 20 % de las personas que pierden a un ser querido de manera súbita o violenta desarrollan un proceso de duelo más largo y doloroso. En estos casos, la tristeza se mezcla con incredulidad, rabia, culpa y una sensación persistente de injusticia. No hubo despedida, no hubo tiempo para prepararse, no hubo cierre. La vida se interrumpió de golpe y la mente queda atrapada en preguntas que no siempre tienen respuesta.

El cuerpo también participa en este proceso. Ante un evento traumático se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina, que activan el sistema de alerta. Es una reacción biológica de supervivencia. Por eso, después de una pérdida trágica, muchas personas presentan insomnio, ansiedad, tensión muscular o recuerdos intrusivos. No se trata solo de estar triste; es todo el sistema nervioso intentando adaptarse a una realidad que cambió de manera abrupta.

El duelo, entonces, no es un camino recto ni rápido. No sigue un calendario ni responde a frases hechas como “el tiempo todo lo cura”. Es un proceso en el que la mente y el corazón buscan acomodarse a una ausencia que llegó sin aviso. Y cuando la muerte es trágica, ese proceso suele ser más largo e intenso, porque no solo se pierde a una persona, sino también la sensación de que la vida es predecible, de que existe un orden justo y comprensible.

Tal vez por eso estas muertes generan tanta solidaridad y tanto revuelo, incluso entre quienes no conocieron directamente a la víctima. No es simple morbo ni curiosidad: es identificación. Es el reconocimiento de nuestra propia fragilidad. La tragedia nos recuerda que todo puede cambiar en un segundo, que nadie está completamente a salvo del azar, y que la vida, aunque hermosa, también es profundamente vulnerable.

Entender esto, aunque sea desde lecturas básicas y no desde una formación especializada, permite mirar el duelo con más empatía. Detrás de cada noticia, de cada cifra, de cada nombre, hay una familia, unos amigos, una historia interrumpida y un proceso doloroso de adaptación. Un intento humano, silencioso y valiente, de encontrar sentido cuando la lógica parece haberse roto.

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