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Nuestra seguridad no puede estar en manos blandas

Por: Andrés Calderón

Opinión

597 homicidios de niños, niñas y adolescentes se presentaron en nuestro país en 2025, según el Instituto Nacional de Medicina Legal, cifras que reportan el acumulado de enero a noviembre, pues aún no se tiene el consolidado del mes de diciembre. Las cifras son escalofriantes y en ellas se pueden evaluar muchas cosas, entre ellas, por ejemplo, determinar elementos de causalidad como el conflicto armado que seguramente justifica que las víctimas en mayor número sean hombres (82%), no mujeres. Pero mi intención aquí no es hacer conjeturas; ya sabrán muchos mis lectores, seguramente, mucho más que yo de estas realidades que se viven en todo el territorio nacional, sin excepción, pero con concentraciones en algunas pocas zonas del país como es el caso de los departamentos de Chocó y Cauca.

Esta columna es para Colombia y el señor presidente, una expresión de condolencia para las 597 familias víctimas, para acompañar el llanto que jamás cesará en sus corazones. Mi motivación para escribirla es el asesinato, el día de ayer, del niño de apenas 11 años a manos de sicarios, hijo del director de la cárcel de Rivera, señor Edgar Enrique Rodríguez Muñoz. Lejos de estar en sus zapatos, me perturba la noticia como se a la mayoría de los colombianos también; la escuché justo al momento de salir de la ecografía para hacer seguimiento al crecimiento de mi bebé de apenas dos meses de gestación. No pude evitar lagrimear mis ojos.

Ese niño no es solo una víctima más, un número que seguro supera los seiscientos con los casos no reportados en diciembre. No, su muerte, como la de todas las víctimas de su grupo etario en Colombia, es responsabilidad de todas y todos, de una sociedad degradada por décadas de conflicto, que se niega rotundamente a respetar la vida y a vivir en paz.

Enterémonos también de que, en nuestro país, en total fueron asesinadas 12,484 personas de todas las edades en el año que acaba de terminar y que, según datos de la Comisión de la Verdad, aproximadamente 450,664 personas perdieron la vida a causa del conflicto armado entre 1985 y 2018, siendo de 1995 a 2004 la década más violenta, con casi la mitad. Siento decirlo, pero Colombia es más muerte y guerra que folclor, que fútbol, que riqueza; nada nos representa más ante el mundo que la producción de cocaína y la guerra, y en el mundo entero seguro nos identifican más con el fantasma de Pablo Escobar que con Gabriel García Márquez, Radamel Falcao o José Eustasio Rivera. Ni gloria inmarcesible ni júbilo inmortal, el Himno Nacional hoy no tiene sentido.

Presidente Petro, el asesinato de este niño ayer es una alerta y nos obliga a seguir repensando su estrategia de paz total. Por favor, escúchenos. Sería una contradicción de mi parte no sumarme a su clamor de paz negociada, pero una cosa es el sentido literal de esta poderosa frase (paz total) y otra muy distinta la significancia que, como estrategia de negociación, ha querido usted darle. Es una estrategia hoy fallida que, por supuesto, debe replantearse; eso sí, dejando la puerta siempre abierta al diálogo, pero endureciendo las acciones militares. Usted no puede ser débil, presidente, ni nublar su juicio en este aspecto, seguramente embelesado con el romanticismo de antaño, en el que a veces busca justificaciones para no comprometerse y mostrar mano dura contra la delincuencia. Eso no lo hace guerrerista. Presidente, no tenga miedo a coincidir con la derecha en este aspecto de la seguridad, pues ellos también tienen razón. La mano dura y el uso de la fuerza no son un discurso solo avalado para algunos; este debe ser suyo también porque lo necesitamos. Claro, debe darse en el marco de la constitución y el derecho internacional.

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