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Que los bandidos dejen de sentirse dueños de Colombia

Por: Carlos Ernesto Álvarez Ospina

Opinión

Colombia no está fallando por falta de leyes, está fallando por falta de carácter. Durante años se ha vendido la idea de que las cárceles resocializan, cuando en realidad se convirtieron en refugios del crimen. Hoy muchos delincuentes no temen a la justicia porque saben que el sistema es débil, que la sanción es corta y que siempre habrá un beneficio esperando. Esa mentira institucional se paga con sangre y la muerte del niño en Neiva, asediado por sicarios, es una prueba dolorosa de ello.

Aquí el delito se volvió rutina y la cárcel un trámite. Desde los centros penitenciarios se ordenan homicidios, extorsiones y amenazas, mientras el Estado se pierde en discursos y justificaciones. Se habla mucho de los derechos del criminal y muy poco de los derechos de las víctimas. Se protege al victimario y se abandona al ciudadano honesto. Esa inversión moral es una de las mayores tragedias que vive el país.

No se puede hablar de resocialización cuando el delincuente no trabaja, no repara y no asume responsabilidades reales. Tampoco se puede hablar de reintegración cuando la cárcel no impone disciplina ni respeto. La resocialización sin castigo efectivo no es resocialización, es impunidad maquillada, y la impunidad es el mejor aliado del crimen.

Yo sí creo que las personas pueden cambiar. Creo en la transformación humana y en las segundas oportunidades. Pero el cambio no nace del confort ni de la permisividad. El cambio nace del rigor, del esfuerzo, del trabajo obligatorio y del cumplimiento estricto de la pena. Quien quiera cambiar debe demostrarlo todos los días, produciendo, estudiando, reparando y sirviendo a la sociedad que dañó. Quien no quiera hacerlo no puede seguir siendo un riesgo para el país.

La cárcel debe dejar de ser un gasto inútil y convertirse en un espacio de disciplina y utilidad social. El recluso debe trabajar para el país que afectó y aportar algo real, en lugar de vivir del sacrificio de quienes sí cumplen la ley. La libertad no puede ser un premio automático para quien no ha pagado su deuda.

Colombia necesita una justicia dura y justa. Dura para que el delito vuelva a dar miedo, y justa para que castigue al culpable y proteja al inocente. Una justicia que sirva de ejemplo y no de burla. Porque cuando el Estado titubea, el delincuente avanza, y cuando la autoridad se diluye, los inocentes pagan el precio.

La muerte de un niño no puede seguir siendo un daño colateral ni una estadística más. Debe ser el límite moral de este país. Si Colombia no corrige su sistema de justicia, seguirá criando bandidos y enterrando inocentes. Creer en el cambio no es tolerar el crimen, es exigir que quien quiera cambiar pague primero por el daño causado. Ya es hora de que la ley vuelva a imponer respeto y que los bandidos entiendan, de una vez por todas, que Colombia no es tierra sin castigo.