Por: Jorge García Quiroga
Opinión
La llamada “campaña sucia” no nació con las redes sociales. Es una práctica tan antigua como la política misma. Desde que existen elecciones y lucha por el poder, también existen rumores, mentiras y ataques personales para desprestigiar al rival.
En la antigua Roma, por ejemplo, se escribían mensajes anónimos en las paredes para acusar a los candidatos de corrupción, infidelidades o traiciones. En el siglo XIX, en Estados Unidos, los periódicos partidistas publicaban historias falsas para dañar la imagen del adversario. En 1828, durante la campaña entre John Quincy Adams y Andrew Jackson, se difundieron panfletos que acusaban a Jackson de asesino y a su esposa de adulterio. No importaba si era verdad: el objetivo era sembrar duda y miedo.
En América Latina, estas prácticas se hicieron comunes en contextos de alta polarización. Un caso famoso ocurrió en Chile en 1970, cuando la campaña presidencial estuvo marcada por propaganda que presentaba a Salvador Allende como una amenaza para la familia, la religión y la propiedad, usando imágenes y mensajes alarmistas que hoy serían llamados “fake news”.
Colombia tiene una larga historia de campañas sucias. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, liberales y conservadores se atacaban con pasquines y periódicos que describían al rival como enemigo de Dios o de la patria. En tiempos de “La Violencia”, muchos discursos políticos alimentaron el odio, señalando al contrario como responsable de todos los males, lo que ayudó a justificar agresiones y persecuciones.
Ya en la época moderna, las campañas no se libraron de estas prácticas. En 1970, durante las elecciones entre Misael Pastrana y Gustavo Rojas Pinilla, circularon rumores de fraude, montajes y acusaciones que aumentaron la desconfianza y terminaron marcando la historia política del país. En los años noventa y dos mil, con la expansión de la televisión, aparecieron comerciales y denuncias diseñadas más para destruir la imagen del otro que para debatir propuestas.
Con la llegada de internet y las redes sociales, la campaña sucia se volvió más rápida y difícil de controlar. Audios falsos, cadenas de WhatsApp, fotos manipuladas y titulares engañosos se comparten en segundos. Un mensaje sin firma puede llegar a miles de personas y crear una versión de la realidad que luego es muy difícil de desmentir.
Desde el punto de vista de la democracia, el problema es claro: el voto debería basarse en información verdadera y en la comparación de ideas. Pero cuando se usan mentiras, miedos y ataques personales, el debate se empobrece. El ciudadano ya no elige con calma, sino con rabia o desconfianza.
La historia muestra que las campañas sucias siempre aparecen cuando hay poder en juego y alta tensión política. No son nuevas, no son exclusivas de un país ni de una ideología. Lo que cambia son los medios: antes eran panfletos y rumores de plaza pública; hoy son videos virales y cadenas digitales.
Estos antecedentes ayudan a entender que la democracia se debilita cuando la política se convierte en un campo de insultos y engaños. Las ideas se deben enfrentar con argumentos, no con mentiras. Solo así las elecciones pueden ser un verdadero ejercicio de libertad y no una batalla de manipulaciones.
