inicioOpiniónEl miedo y las elecciones

El miedo y las elecciones

Por: Andrés Calderón

Opinión

La historia de la política es vasta y, durante su evolución, ha desarrollado en el ejercicio del proselitismo una serie de teorías y prácticas que, con el uso del internet, se han potenciado de forma exponencial. Allí nacen los famosos expertos en marketing político y estrategas de campaña, cuyo propósito es ofertar las candidaturas como un producto que sea bueno, bonito y barato, por supuesto obviando su verdadera utilidad; en este caso, si verdaderamente es lo que necesitamos o no.

Para eso, tal vez la estrategia más importante es crear la necesidad, y lo hacen a través de lo que Platón llamó afecciones del alma. Me refiero al miedo, sí, pues desde la antigüedad se tiene claro que, para modificar la voluntad de una persona, no hay nada más eficiente que infundirle miedo. Esta es la principal herramienta para el control del electorado.

Desde que la constitución del 91 fracturó nuestro estado para construir una mejor versión, se fue abriendo poco a poco la posibilidad para organizaciones políticas que se apartaban de los preceptos históricos que llegaron a la cúspide en el más descarado acuerdo: la repartición del poder entre godos y cachiporros (frente nacional).

Este nuevo Estado abrió la posibilidad a quienes solo por las armas pudieron hacerse escuchar en una época y a las nuevas formas del pensamiento, el progresismo. Con esta nueva realidad, los partidos conservador y liberal implosionaron y perdieron vocación de poder, convirtiéndose en estructuras expertas en negocio de burocracia y controlando reducidos presupuestos locales; allí es donde son más fuertes. Mientras tanto, el liderazgo nacional lo han asumido figuras independientes de estructuras partidistas no muy consolidadas y a veces hasta sin ellas.

Aunque como le dijo el maestro Carlos Gaviria en una de sus últimas conferencias – ¿cómo educar para la democracia? – la definición política es algo que se da en un segundo plano, el buscar definirse de esta forma se ha convertido en lo más importante, incluso corriendo los márgenes de la ética, para defender que encajamos perfectamente en las categorías de centro, derecha o izquierda, como un todo, muchas veces sin siquiera entenderlo. El debate electoral nunca había estado tan lejos de las discusiones programáticas, de la filosofía política, de visión de país y hoy se ha centrado simplemente en enunciar estas categorías que las mayorías no entienden, que para los radicales en ambas orillas es hablar de fascismo y comunismo.

En medio de estas dos grandes corrientes que están definiendo los procesos electorales, existe también un tímido centro que, ni siendo de allí o de acá, pero lo puede ser de todos los lados, se ha convertido, sobre todo, en el céntimo que completa el peso; por eso nadie los quiere.
Volviendo al miedo, será este el que muy posiblemente determinará el desenlace del proceso electoral, de quien logre infundirlo más, y los electores correrán como corderos asustados perseguidos por el tigre o por el jaguar a votar para que esta patria violenta pero amada no caiga en el fascismo o el comunismo. Pero no proponer nada y solo centrarse en hablar de “los cero extremos” tampoco es la solución; es más, el problema en sí no es la polarización, el problema radica en su vacío de contenido, de ideas, de propuestas de país, de economía, de salud, de educación, de ambiente, de seguridad, de diplomacia y todo lo que tenga que ver con nuestro desarrollo como país.

El miedo es y seguirá siendo usado como estrategia de control político; allí pululan las noticias falsas o fake news como principal herramienta, y estas elecciones no son la excepción. Es una situación que, gracias a la masificación de información por las redes sociales, se ha exacerbado. Estas serán unas elecciones en las que iremos a las urnas por la angustia de perder algo: nuestra seguridad, nuestra salud, nuestro empleo, nuestra soberanía e incluso nuestra dignidad. Tal vez algunos no tengan nada, pero irán con miedo a estar peor; solo unos pocos sensatos y optimistas irán conscientes a votar, sabiendo lo mucho que se puede ganar y habiendo sacado sustancia a lo poco que de propuestas programáticas haya.

Lo más leido