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En homenaje a Ismael Enrique Rodríguez Pulgarín

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

Escribo estas líneas con el corazón partido entre la indignación y la ternura, porque quiero hablar de Ismael Enrique Rodríguez Pulgarín, pero no de la bala que le arrebató la vida a los once años, sino del niño que llenaba de música y risas cada rincón de su hogar. Del pequeño que brincaba, hablaba sin parar, prendía el computador al llegar del colegio y convertía el silencio en fiesta. Quiero hablar de él como un regalo de Dios que siempre fue.

“Ismaelito”, como le decía de cariño, llegó a la vida de Edgar y Angélica después de diez años de espera. Fue un hijo anhelado, buscado, amado desde antes de nacer y eso se comprobó durante los once años que formaron un trío inseparable, una pequeña constelación donde él era el centro de gravedad. Quienes lo conocimos sabemos que poseía esa luz de ciertos niños que parecen haber venido a enseñarnos algo. Su creatividad lo empujaba siempre a descubrir mundos nuevos, y su sonrisa tenía el don de hacer más liviano cualquier día gris de su familia.

El pasado 13 de enero, la violencia puso a Neiva en el epicentro nacional con el atentado en el que perdió la vida Ismael, junto al coronel retirado Renato Solano, subdirector de la cárcel de Rivera. Su muerte, tras nueve días de lucha en cuidados intensivos, nos recuerda que en este país quienes trabajan por la seguridad, muchas veces pagan con su vida.

Me pregunto qué clase de país hemos construido cuando un niño sale una mañana hacia su colegio, ilusionado por reencontrarse con sus compañeros tras las vacaciones, y no regresa. Pero también me pregunto qué clase de seres humanos queremos ser frente a tanto dolor. Yo elijo recordar a Ismael desde el amor que sembró; quizás el homenaje más digno que podemos hacerle sea negarnos a que la violencia también nos arrebate la capacidad de amar. Sin embargo, a la justicia se le requiere celeridad para que den con los asesinos.

Me gusta pensar que Ismael, desde donde esté, sigue siendo ese motor de alegría que fue para su familia. Que su recuerdo vuele libre como seguramente vuelan los ángeles y no se quede atrapado en la tragedia. Porque eso era él, un ángel prestado por once años, tiempo suficiente para dejar una huella imborrable en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.

A Edgar y Angélica quiero decirles que el amor que sembraron en su hijo florecerá siempre. Que el ruido que hoy les falta en casa sigue sonando en cada corazón que Ismael tocó. Que la risa de un niño bueno como él jamás se apaga, se transforma en luz, en memoria, en ese abrazo invisible que los acompañará cada mañana. Desde este espacio les envío mucha fortaleza para afrontar este momento. Les pido que, cuando el silencio pese demasiado, recuerden que Ismael fue el mejor regalo que Dios les pudo dar.

Descansa en paz, pequeño “Ismaelito”. Tu luz seguirá brillando.