inicioOpiniónAmistad y política: cuando el poder pone a prueba la lealtad

Amistad y política: cuando el poder pone a prueba la lealtad

Por: Jorge García Quiroga

Filósofos y científicos sociales han explicado que la amistad y la política funcionan con lógicas distintas. La amistad se basa en la confianza y la igualdad; la política, en el poder, la competencia y el miedo a perder. Cuando estos dos mundos se cruzan, aparecen situaciones que se repiten en la historia: favores que se olvidan, lealtades que se rompen y personas que actúan más por temor que por convicción.

Un ejemplo muy citado por los historiadores viene de la Roma antigua, no de la vida política actual. Julio César fue un gran general y gobernante romano del siglo I antes de Cristo. Marco Junio Bruto, también romano, era su amigo y protegido. Según cuenta Plutarco, Bruto participó en la conspiración que terminó con la muerte de César porque creía que así defendía la República. Este hecho suele usarse para mostrar cómo, en política, el proyecto y el poder pueden pesar más que los afectos.

La filosofía, desde Aristóteles, ya advertía que la amistad se debilita cuando entra el interés. Cuando una relación deja de ser entre iguales y pasa a estar marcada por cargos, favores o jerarquías, cambia su naturaleza. El sociólogo Max Weber explicó que el poder crea relaciones desiguales, y en esas condiciones es difícil que la gratitud y la lealtad se mantengan como antes.

La psicología aporta otra clave: el miedo. Estudios de Joseph LeDoux y Daniel Kahneman muestran que, cuando una persona siente amenaza, su cerebro busca protegerse. En la política, ese miedo puede ser a perder el puesto, el reconocimiento o el respaldo de un grupo. Por eso algunos callan, se alejan de viejos amigos, cambian de bando o incluso traicionan. No siempre es maldad; muchas veces es una reacción de supervivencia.

También por eso se olvidan los favores. Investigaciones sobre el poder, como las de Dacher Keltner, indican que al ascender en una jerarquía puede disminuir la empatía. La persona empieza a ver su entorno en términos de utilidad y riesgo, no tanto de historia compartida. El que ayudó en el pasado puede dejar de ser recordado cuando ya no resulta funcional en el presente.

Hannah Arendt explicó que en contextos de presión y polarización, el miedo rompe los lazos y aísla a las personas. Para no quedar por fuera, muchos prefieren adaptarse al grupo dominante, aunque eso implique sacrificar antiguas lealtades.

Todo esto muestra que las traiciones, los desencantos y el olvido no son solo fallas morales individuales. Son, como han señalado la filosofía, la sociología y la psicología, efectos de una lógica donde el poder y el miedo transforman la forma de relacionarnos. La historia repite una misma lección: cuando la política entra en juego, la amistad queda a prueba, y solo los vínculos basados en valores firmes logran resistir esa presión.

Lo más leido