Por: Edwin Renier Valencia Rodriguez
Opinión
Hoy no solo es difícil conseguir empleo. En muchos sectores, especialmente en el campo, es difícil conseguir trabajadores, aun cuando hay oferta laboral. No es falta de tierras, ni de oportunidades productivas: es un choque brutal entre una nueva mentalidad y una realidad que no hemos querido adaptar.
El campo sin manos… y con Wi-Fi
Escuchar a productores decir que no encuentran trabajadores agrícolas ya no es raro. Lo verdaderamente sorprendente son las nuevas exigencias: horarios flexibles, menor esfuerzo físico, conectividad permanente e incluso internet en los cultivos.
En teoría, la tecnología en el campo debería servir para mejorar productividad: monitoreo de cosechas, control de riego, trazabilidad, comercialización directa. Pero en la práctica, muchas veces la conectividad se exige más para estar en redes sociales que para producir mejor. Conectamos personas, pero no procesos productivos. Damos acceso a pantallas, pero no a herramientas que generen más valor.
Educación anclada al pasado
Mientras el trabajo evoluciona, la educación sigue formando personas para un mundo que ya no existe. Se enseña a memorizar, no a producir; a cumplir horarios, no a resolver problemas; a buscar empleo, no a crear valor.
El resultado es una paradoja peligrosa: jóvenes con títulos, pero sin habilidades productivas claras; empresas con vacantes, pero sin talento disponible; y un campo que necesita manos, pero no logra atraerlas bajo las condiciones actuales.
El Estado paternalista y el problema que no se resuelve
Ante este escenario, la respuesta del Gobierno suele ser la misma: subsidios, programas temporales y discursos bien intencionados. Paternalismo en lugar de transformación.
Se alivian síntomas, pero no se atacan causas. No se moderniza la educación técnica y rural. No se conecta la tecnología con la productividad real. No se crean incentivos para que el trabajo en el campo sea digno, rentable y atractivo en el siglo XXI.
El choque generacional y cultural
Nunca antes las exigencias laborales habían sido tan distintas. El trabajo físico compite con la comodidad digital. El esfuerzo compite con la inmediatez. El largo plazo compite con la gratificación instantánea.
El problema no es que las nuevas generaciones “no quieran trabajar”. El problema es que nadie les ha mostrado cómo el trabajo puede ser compatible con sus nuevas expectativas, ni cómo la tecnología puede potenciar y no reemplazar la productividad.
¿Estamos usando la tecnología para producir o solo para entretenernos?
Esta es la pregunta incómoda que deberíamos hacernos como sociedad. Porque si seguimos llevando internet al campo solo para consumir contenido, pero no conocimiento; para distraernos, pero no producir más y mejor, no estamos cerrando brechas, las estamos profundizando. El empleo cambió. El campo cambió. La tecnología llegó. Pero la educación y las políticas públicas siguen atrapadas en el pasado.
Y si no abrimos este debate ahora, no será el futuro el que nos cobre la factura: será el presente. ¿Qué opinas? #uncaféconvalencia
