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Café: el orgullo no se toma, se protege

Por: Mireya Bravo.

Voy a decir una obviedad que estamos desaprovechando: Neiva y el Huila son el mismo equipo. Y cuando uno lo entiende, se le ordena la cabeza, lo que pasa en el sur del Huila (de donde yo soy) no es “tema de allá”. Es tema nuestro. Porque si al sur le va bien, Neiva respira; y si Neiva funciona, el Huila se mueve.

Por eso hoy quiero hablar de algo que nos conecta a todos: el cada vez más afianzado café huilense, cada vez más reconocido y premiado.


En mi hotel hay una regla sencilla: si vamos a recibir gente del Huila (y de afuera), el café que se sirve tiene que ser de aquí. No por folclor, sino por respeto. Porque el café huilense no es un detalle, es trabajo, identidad y economía. Es ese olor que se mete en una reunión cansada y, sin pedir permiso, le devuelve energía a todo el mundo.

Pero también aprendí algo: el orgullo no se toma. El orgullo se protege. Detrás de una taza perfecta hay una cadena enorme que a veces no vemos, la familia que madruga, la finca que se juega todo a una cosecha, el recolector, el que seca, el que trilla, el que transporta, el que tuesta, el que empaca, el que vende, el barista, el café de la esquina… y el turista que llega buscando “el mejor café del país” y termina enamorado del Huila. Cuando el café va bien, no gana solo el caficultor, se mueve una economía completa.

Y cuando el café va mal, también duele en cadena. Por eso, proteger al caficultor no es una frase bonita, es una decisión inteligente.

Protegerlo es que las reglas sean claras y no cambien como si el campo fuera un laboratorio. Es abrir mercados, sí, pero también ayudar a competir: calidad, trazabilidad, acceso a información y acompañamiento real, no papeleo infinito. Es logística, que el café salga bien, a tiempo, sin que el camino se lo coma. Es conectar veredas con corredores productivos para que el esfuerzo no se pierda en la primera trocha.

Protegerlo también es hablar de algo que casi nadie menciona con cariño, pero que es crucial: el riesgo. Porque el caficultor vive con el clima en la nuca y los precios en la cabeza. ¿Cómo no pensar en seguros y herramientas que amortigüen los golpes? ¿Cómo no pensar en alivios y rutas de apoyo cuando el mercado se pone difícil? El café no necesita lástima, necesita respaldo para no quebrarse cuando se aprieta la cuerda.

Y protegerlo es transparencia. Que el productor entienda qué está pagando, quién compra, cómo se forma el precio y qué opciones tiene. En el café, como en la vida pública, cuando la información se esconde, el pequeño pierde y el vivo se aviva. Por eso me gusta una idea simple, que el caficultor tenga más herramientas para decidir, no solo para aguantar.

A mí me emociona que el Huila sea potencia cafetera, pero me entusiasma más que esa potencia se convierta en empleo digno, en jóvenes que se quedan porque hay futuro, en turismo que no sea solo paisaje sino ingresos reales, en orgullo que se note en la mesa y en el bolsillo.

Yo no vengo a prometer una varita mágica. Vengo a lo que sí sirve, a comprometerme con el corazón para organizar, para aportar con decisión en tareas claves, hacer seguimiento, exigir que lo que se anuncia se cumpla y que la cadena del café tenga condiciones para crecer. Porque el café del Huila no necesita debe ser una excusa, debe ser un propósito de todos, el café nos representa y necesita decisiones.

El orgullo no se toma. Se protege. Y en eso, gestionemos juntos, este equipo tiene experiencia en proteger a su gente.

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