Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez
Opinión
Es innegable que el artista Bad Bunny divide opiniones entre el público, hay quienes lo veneran como el rey indiscutible del reguetón y otros que, apenas lo escuchan, cambian de estación para no oír su voz. Pero lo que ocurrió el pasado domingo en el Super Bowl trasciende cualquier debate sobre los gustos musicales, ya que el mundo entero fue testigo de un acto cultural sin precedentes en la historia del espectáculo estadounidense.
En trece (13) minutos, Benito Antonio Martínez Ocasio logró lo que ningún artista latino había logrado, lo cual era secuestrar uno de los escenarios más codiciados del planeta y ser el protagonista principal. Apenas días antes, en los Grammy, había gritado ‘ICE fuera’ en plena ceremonia, desafiando abiertamente al Servicio de Inmigración que ejecuta redadas masivas contra migrantes latinos. Ahora, frente a 130 millones de espectadores, un puertorriqueño de Vega Baja cantaba exclusivamente en español.
Seamos honestos, el show tuvo momentos discutibles como fue el perreo explícito de sus letras, que generan malestar en ciertos sectores de la población, pero reducir el espectáculo a este motivo sería como criticar el envoltorio ignorando el regalo que contenía.
Bad Bunny eligió lo cotidiano como arma revolucionaria para enviar un poderoso mensaje al mundo. En lugar de plataformas suspendidas o estatuas extrañas parecidas a rituales, mostró cultivadores de caña, partidas de dominó, salones de uñas y su famosa casita rosada. O cuando cantó “El apagón” subido a un poste de luz, estaba denunciando los cortes eléctricos que siguen castigando a su isla desde el huracán María, y cuando enumeró cada país de América, recordó una verdad que muchos olvidan y es que el continente no le pertenece a una sola nación.
Como era de esperarse, Donald Trump reaccionó calificando el show como “uno de los peores de la historia”. Mala jugada, dado que la respuesta del presidente confirmó exactamente lo que Bad Bunny denunciaba. En una América donde la xenofobia se disfraza de patriotismo, cantar en español en uno de los eventos más importantes del mundo se convierte en un acto heroico.
Ver a artistas de la talla de Pedro Pascal, Ricky Martin, Cardi B y Karol G reunidos en el porche de aquella casita rosada fue la materialización de una diáspora que se niega a ser invisible. Muchas generaciones de migrantes latinoamericanos han construido este país desde las sombras, y por primera vez, el escenario más estadounidense de todos les devolvió el reflejo de su propia existencia.
En definitiva, Bad Bunny podrá gustarnos o no, pero lo que hizo aquel domingo excede cualquier preferencia musical, ya que utilizó el poder de su plataforma para recordarle a Estados Unidos que América Latina no pide permiso para existir. En un país donde hablar español se ha convertido en motivo de sospecha, ese recordatorio es un acto político con grandes consecuencias.
