Redacción La Última
En el ingreso al Cantón Militar Tenerife en Neiva, donde cada detalle cuenta y la prevención es la primera línea de defensa, una figura llama la atención por su precisión y disciplina: el binomio canino de la Novena Brigada.
No se trata solo de un perro entrenado. Se trata de un equipo. De una dupla sincronizada entre guía y canino, donde la confianza, el entrenamiento especializado y la conexión construida día tras día se convierten en una herramienta estratégica de seguridad.
El control de acceso a una instalación militar exige protocolos rigurosos. Vehículos, visitantes y proveedores son verificados bajo altos estándares que buscan prevenir cualquier riesgo. En este proceso, el binomio canino cumple una función determinante: la detección temprana de sustancias explosivas, narcoticas u otros elementos que puedan representar una amenaza.
A diferencia de los sistemas tecnológicos, el olfato canino posee una sensibilidad incomparable. Un perro entrenado puede detectar partículas mínimas imperceptibles para el ser humano, convirtiéndose en un sensor biológico altamente confiable.
El entrenamiento de un canino militar no es improvisado. Requiere meses —e incluso años— de preparación especializada, que fortalece su obediencia, concentración y capacidad de reacción.
El guía, por su parte, no es simplemente un acompañante. Es su líder, su referente, su intérprete. Entre ambos se construye una comunicación no verbal que permite identificar alertas sutiles, cambios de comportamiento y señales que indican la posible presencia de riesgo.
En un contexto donde las amenazas evolucionan, las medidas de seguridad también deben hacerlo. El binomio canino no reemplaza la tecnología ni los protocolos; los complementa. Es una capa adicional de protección que fortalece el sistema de control de acceso.
Su presencia demuestra que la seguridad moderna combina capacidades humanas, entrenamiento especializado y recursos biológicos altamente efectivos.