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Lo único que no espera

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

La vida es ese obsequio que Dios nos regala cada mañana sin darnos cuenta. Al respirar, levantarnos, servir el café, besar a los hijos antes de salir, todo eso nos parece tan normal que lo hacemos en modo automático, como si estuviera garantizado para siempre. Pero no lo está. La vida es bella, pero es frágil, y no avisa cuando decide irse. Por eso, siempre es importante compartir con la familia cada instante, cada cena, cada risa tonta de un domingo cualquiera, porque al final eso es lo único que nos llevamos.

El pasado 23 de marzo, un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea se desplomó segundos después de haber despegado en Puerto Leguízamo, Putumayo, en donde cerca de setenta jóvenes militares murieron. Esa mañana, todos ellos se abrocharon el cinturón pensando en sus madres, en la novia que los esperaba, en el ascenso que venía y en lo que les deparaba el futuro. Sin embargo, sus sueños se vieron apagados a kilómetro y medio de la pista, entre llamas y municiones que explotaban, recordándonos que la vida es prestada.

Días después, cuando el país aún no terminaba de asimilar ese duelo, la madrugada del 1° de abril, en pleno éxodo de Semana Santa, un tractocamión sin frenos arrolló una fila de vehículos en el peaje Casablanca, entre Zipaquirá y Ubaté. Como resultado, cinco personas perdieron la vida y siete vehículos se incineraron, quedando en pérdida total. Uno de los sobrevivientes contó que minutos antes había cambiado de carril buscando avanzar más rápido. El carril que dejó fue su salvación, dejando a la vida y la muerte separadas por un volantazo.

O el joven que salió a trabajar como conductor de un camión y al parecer producto de un micro sueño, perdió la vida al caer al rio Cauca, dejando a su familia devastada. Pero el dolor no conoce fronteras. En Rusia, un avión de transporte militar An-26 se estrelló contra un acantilado en Crimea, causando la muerte de las 29 personas a bordo, debido a una posible falla técnica. Los restos fueron hallados cerca de la localidad de Kuibishevo, en el distrito de Bajchisarai. Otro episodio que nos recuerda lo efímera que puede ser la vida.

Escribo esta columna en Semana Santa, un tiempo que para muchos es de procesiones y para otros de descanso, pero que, en esencia, es un tiempo que nos invita a reflexionar sobre lo frágil que es todo, sobre lo absurdo que resulta aplazar el abrazo, guardar el “te quiero” para después o creer que el mañana es una garantía, cuando evidentemente no lo es.

Mientras usted lee estas líneas, en Putumayo una madre acaricia la foto de un hijo que salió con uniforme y no regresó. En Cundinamarca, un hombre mira sus manos cortadas y agradece estar vivo, aunque el carro que pagó con años de esfuerzo ya sea ceniza. En Crimea, una esposa pone la mesa para uno menos.

El dolor de estas familias es una herida que cargarán cada mañana, cada Navidad, cada silla vacía en la mesa, y eso debería bastarnos para entender que no se debe postergar lo que nos importa. Llamen a sus padres hoy, no mañana. Díganle a quien aman que lo aman. Siéntense a cenar sin el celular, miren a los ojos a sus hijos, ríanse con ellos hasta que duela, porque la vida no manda aviso, ni pide permiso. Simplemente pasa, y cuando se va, lo único que queda son los recuerdos y momentos que tuvimos la valentía de vivir.

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