Por: Fredy Ernesto Tovar Montenegro
Opinión
Hace varios años leí el ensayo: “Las Leyes básicas de la estupidez humana” del economista italiano, historiador y profundo humanista Carlo Cipolla; documento mordaz, con humor fino, pero especialmente sarcástico. Recientemente me llegó un mensaje de chat invitándome a ver un video de Pirry, quien hacía una interesante reflexión sobre la maldad y la estupidez, conceptos centrales del ensayo de Cipolla, que a su vez me recordaron una obra valiosa de Hannah Arendt: “La banalidad del mal”.
El mal sin límites, en ocasiones es cometido por personas mediocres, del común, incapaces de pensar críticamente, y no por monstruos desquiciados. Este planteamiento central de Hannah, es paralelo a otra afirmación suya, donde enuncia con ahínco que el mal puede surgir no solo de la maldad profunda, sino de la ausencia de criterio propio, muy cercana a la estupidez.
Según Arendt, el imaginario colectivo amorfo, manipulable o la masa, se soporta en condiciones vanas como la mediocridad, se sustenta en argumentos basados en clichés y en lenguajes burocráticos, es incapaz de hacer cuestionamientos, pero si se auto concibe como cumplidor del deber.
La ausencia de pensamiento refleja una suerte de incapacidad de reflexionar moralmente. El desplazamiento del dialogo interior ético, que me cuestiona en un primer nivel si esto está bien o está mal, es remplazado por la obediencia autómata.
Es así que se experimenta una estatización del mal, y en prueba de ello aparecen nuevas maneras de maquillar el mal y surgen conceptos como falsos positivos y no crímenes de estado, lenguaje técnico que responde a lineamientos administrativos, a un lenguaje experto que facilita la fragmentación e incluso la dilación de responsabilidades que permitieron llamar a las masacres de Mapiripan, el aro o la escombrera, “seguridad democrática”, y de manera descarada ser testigos de la afirmación: “si, yo di la orden”.
Solo reconociendo la banalidad del mal (sustentado en la ausencia de criterio), podemos vivir en tiempo real audiencias por todo el territorio colombiano a cargo de exmilitares y exparamilitares, en el contexto de la JEP, contenidas de testimonios desgarradores que reivindican la honestidad y dignidad de las víctimas, y denuncian la flagrante violación de derechos humanos cometidos a los mas de 6402 colombianos asesinados sistemáticamente por el Estado bajo la política de la Seguridad Democrática; y a pesar de lo anterior, tener la deshonra de negar estos hechos históricos y de construir una narrativa antagónica a los argumentos probatorios.
Solo en estos contextos donde las leyes básicas de la estupidez humana se hacen visibles, podemos despertar todos los días dejando a un lado cuestionamientos de mucho calibre como el que nos regala el Candidato Cepeda: ¿tendrá conocimiento el ex convicto Uribe de todos los asesinatos cometidos por su hermano el hoy condenado ex cabecilla y cofundador de los 12 apóstoles? La respuesta es demasiado obvia, pero la estupidez puede más que el criterio y seguimos como si nada.
Los colombianos nos estamos viendo enfrentados a una polarización que está dividiendo el camino en dos grandes extremos políticamente antagónicos, por un lado, la tendencia de retroceder a las formas tradicionales que de manera conservadora han creado un Status Quo engendrador de la mayor inequidad del cono sur o seguir apostando a la continuidad del proyecto de cambios, que se ha consolidado al poner el foco de la transformación en los históricamente excluidos, en los campesinos, en las madres comunitarias, en los del salario mínimo, en los de a pie, como afirmaba mi maestro de Ciencias Políticas, Daniel Scocozza: “en los últimos”.
¿Un poco arriesgado afirmar que el próximo 31 de mayo estaremos frente a la disyuntiva de elegir el camino del criterio y el pensamiento, como prueba del estancamiento y la disminución de la banalidad del mal y las leyes de la estupidez?
