Por: Fredy Ernesto Tovar Montenegro
Opinión
Es parte de nuestra tradición judeocristiana celebrar las fiestas de finalización e inicio de año, con una cierta dosis de esperanza por el año que comienza y de tristeza por el pasado que se nos va con el año que termina, casi que hacemos un “Rito de paso” como lo denominaría la Antropología. Pareciera que sentimos una ilusión donde el tiempo se detiene, hacemos una pausa simbólica y asumimos con proclividad la decisión de cerrar ciclos. Con los nuevos números en el calendario se abre un juicio interno y silencioso sobre lo vivido.
Sin embargo, desde algunas lecturas realizadas a lo largo de la vida, en donde se cruzan obras como “La terapia del deseo” de Martha Nussbaum, “Ejercicios espirituales y filosofía antigua” de Pierre Hadot, “El camino a la felicidad” de James Allen y “Estoicismo” de John Sellars, podemos afirmar categóricamente que el tiempo no termina ni comienza con el cambio de año, este continúa a pesar de nuestras convenciones culturales.
Desde esta perspectiva el valor de un momento no está en su posición dentro del calendario, sino en el uso que hacemos de él. Podemos afirmar que la vida de cada persona es lo que sus pensamientos hacen de ella (Si lo crees lo creas, Brian Tracy). Así, el 31 de diciembre y el 1 de enero poseen un común denominador ético, pues ambos son instantes que deben ser asumidos con virtud o se corre el riego de desperdiciarlos en distracción, lamento o falsa expectativa.
El ritual del “año nuevo” suele cargarse de promesas y distintos retos como ser mejores, más disciplinados, más felices, hacer deporte, comer sano, etc. Pero es más productivo sospechar de las promesas grandilocuentes que dependen de circunstancias futuras. Epicteto, uno de los padres del Estoicismo, recordaba que solo hay un ámbito verdaderamente bajo nuestro control y son nuestros juicios, deseos y acciones presentes. Postergar el cambio a una fecha simbólica puede ser, en el fondo, una forma elegante de evadir la responsabilidad inmediata y al final, esta práctica se convierte en el caldo de cultivo de uno de los verbos más perversos que debemos combatir cotidianamente, “Procrastinar”
Finalizar un año, entonces, no debería ser un acto de balance obsesivo ni de culpa retrospectiva. La invitación es a examinar nuestra vida no para castigarnos, sino para aprender. Séneca, otro padre del Estoicismo, recomendaba el examen diario de conciencia, a partir de preguntas como ¿qué hice bien?, ¿qué hice mal?, ¿qué puedo corregir mañana? No al final del año, sino cada noche. El sentido del cierre y/o balance, no está en el calendario, sino en la reflexión cotidiana.
Iniciar un nuevo año tampoco implica un renacer mágico. Nada esencial cambia con el paso de la medianoche. Seguimos siendo los mismos, con las mismas limitaciones, afectos y deberes. Pero aquí surge una enseñanza clave, no necesitamos ser otros para vivir mejor, sino ser más coherentes con la razón y la naturaleza. La novedad no está en el tiempo, sino en la disposición del ánimo, que se solidifica en el cultivo de hábitos, la eterna clave para conseguir logros.
Desde esta mirada, el año nuevo puede asumirse no como una ruptura, sino como continuidad consciente. Vivir cada día como si fuera una vida completa, nos libera de la ansiedad por los comienzos y finales. Si hoy actuamos con justicia, templanza y claridad, el año habrá tenido sentido, sin importar su número.
Quizá el mayor aprendizaje filosófico frente al cierre y apertura de un año sea este: el tiempo no nos debe nada. Somos nosotros quienes debemos responder por la forma en que lo habitamos. El calendario cambia, pero la pregunta permanece; ¿Estamos viviendo de acuerdo con lo que depende de nosotros? Si la respuesta se trabaja día a día, cualquier fecha será suficiente para empezar. “El tiempo es uno de los tesoros más sagrados que tenemos los humanos”, afirmó mi padre la noche anterior a su muerte. También me dijo que hay dos formas de usarlo, gastándolo o invirtiéndolo… la pregunta es, ¿cómo lo gastas y como lo inviertes?
Esta es mi última columna del año 2025 y aprovecho para enviar un saludo cargado de bendiciones, vibraciones y frecuencias bonitas a todos mis lectores.
A solicitud de mi sobrino Juanma, “Luz para todos ustedes”
FELIZ AÑO NUEVO!!!!
