Por: Jorge García Quiroga
Opinión
En Colombia solemos decir que “nadie es eterno en un cargo”, pero pocas veces lo asumimos de verdad. El poder, ese que otorga firmas, micrófonos y decisiones, no es una propiedad: es un préstamo con fecha incierta de vencimiento. Y ahí está su paradoja más profunda.
Desde los grandes escenarios internacionales hasta el municipio más pequeño, el poder suele disfrazarse de permanencia. El cargo crea una sensación de solidez, de control, de “aquí mando yo”. Sin embargo, técnicamente hablando, el poder político y administrativo existe solo mientras es reconocido por otros y respaldado por una estructura institucional. Cuando ese reconocimiento se agota, el poder se desvanece, aunque el título siga escrito en una puerta.
En nuestro contexto colombiano esto se ve con claridad. El presidente de una junta de acción comunal, que hoy convoca asambleas y gestiona proyectos, mañana vuelve a ser el vecino que hace fila en la tienda. El alcalde que hoy corta cintas y da órdenes, en pocos años será un exalcalde, citado solo en balances, críticas o anécdotas de café. El secretario de despacho que hoy tiene agenda llena, carro oficial y llamadas constantes, termina entregando el puesto y descubriendo que el teléfono deja de sonar.
Desde la técnica del poder público, esto no es un fracaso: es su naturaleza. Los cargos son temporales porque el Estado no pertenece a las personas, sino a la sociedad. El problema aparece cuando se confunde la función con la identidad, cuando el “soy” reemplaza al “estoy”. Ahí el poder deja de ser un instrumento y se convierte en una ilusión peligrosa.
La cultura política colombiana, marcada por el personalismo y el caudillismo, suele alimentar esa confusión. Se cree que el poder da estatus permanente, cuando en realidad solo otorga responsabilidad transitoria. Por eso, cuando llega el final del periodo, el golpe no es administrativo, sino existencial. No se pierde el cargo, se pierde el personaje.
En escenarios de alta tensión política, esta fragilidad se vuelve más visible. Liderazgos que parecen indestructibles dependen, en el fondo, de equilibrios económicos, sociales e institucionales que pueden romperse en cualquier momento. El poder que no se renueva con legitimidad se sostiene solo por inercia, y la inercia nunca es eterna.
En los pueblos, la memoria es más justa que el protocolo. Allí no se recuerda tanto quién mandó, sino cómo lo hizo. El poder que se ejerce con soberbia se olvida rápido; el que se ejerce con sentido público sobrevive al cargo. Esa es la verdadera medida de la autoridad.
Al final, el poder es como un encargo: se recibe, se usa y se devuelve. Quien lo entiende así camina ligero. Quien se aferra, termina cayendo con él. En Colombia, donde todo pasa y todo cambia, esa lección no es ideológica: es simplemente realidad.
