Por: Edwin Renier Valencia Rodriguez
Opinión
Colombia está entrando en una fase silenciosa pero peligrosa: la reducción de los subsidios a la vivienda está empujando a miles de familias fuera del mercado formal. El resultado no es solo que menos personas compren casa; es que, en general, el país se está volviendo más pobre y las ciudades más desordenadas.
Durante años, el acceso a la vivienda guardó una lógica relativamente clara: los ingresos determinaban el tipo de vivienda al que podía aspirar cada familia. Esa relación se está rompiendo. Hoy, amplios sectores de ingresos bajos y medios simplemente no pueden cerrar la brecha entre salario y precio de la vivienda. Cuando la vivienda formal se vuelve inalcanzable, la alternativa no es esperar, es improvisar.
Ahí comienza el verdadero problema.
La falta de acceso a vivienda formal conduce inevitablemente al crecimiento de la informalidad urbana: asentamientos sin planificación, sin servicios públicos legales, sin espacios públicos y, en muchos casos, ubicados en zonas de riesgo ambiental. Donde no hay urbanismo, no hay orden; y donde no hay orden, aparecen problemas sociales más profundos.
La ciudad informal no solo es un problema de legalidad. Es un foco de deterioro social: mayor exposición a enfermedades, riesgos para la niñez, aumento de la mortalidad infantil y presión creciente sobre sistemas de salud y educación. Además, se rompen los equilibrios ambientales y se profundiza la desigualdad territorial.
Reducir los subsidios sin una alternativa estructural no elimina el déficit habitacional; simplemente lo traslada del papel al territorio. Cada familia que queda fuera del mercado formal hoy es un problema urbano mañana, con costos sociales y fiscales mucho más altos que cualquier política preventiva.
La vivienda no es solo un techo. Es planeación, es salud pública, es cohesión social y es futuro de ciudad. Cuando el Estado se retira de la política de vivienda, no desaparece la demanda: aparece el caos.
Por eso, como ciudadanos, tenemos una responsabilidad ineludible. Elegir a quienes nos gobiernan no puede ser un acto impulsivo ni ideológico, sino una decisión informada y consciente. Necesitamos líderes que entiendan que gobernar es pensar en el beneficio general, en el largo plazo y en las consecuencias reales de cada política pública. La vivienda, como la ciudad, se construye con responsabilidad; también la democracia.
¿Qué Opinas? #uncaféconvalencia