Por: Fredy Ernesto Tovar Montenegro
Opinión
El tigre candidato, que asegura estar firme por la patria y quien aparece en todas las encuestas realizadas a la fecha en el segundo lugar, doblado en porcentaje por el futuro Presidente de Colombia, ha sido objeto de varios análisis e investigaciones que vamos a abordar en esta columna, no sin antes recordar que en cualquier democracia la transparencia es una condición fundamental para la legitimidad de la misma.
La reciente investigación publicada por el portal La Silla Vacía, sobre las exitosas empresas del candidato Abelardo de La Espriella, desnudan una verdad que deja muy mal parado al tigre. Este abogado, cantante y “empresario”, en múltiples ocasiones ha afirmado poseer una carrera empresarial exitosa y envidiable, respaldada por una fortuna que, según el candidato, le permiten financiar de manera autónoma su campaña a la presidencia de la república.
El cuentico montado por Abelardo de “no deberle favores a nadie” en Colombia, donde las financiaciones de las campañas casi siempre generan dudas, sospechas y verdades ocultas, se convierte en una retórica atractiva para un electorado cansado de tanto fraude. Lo encontrado por La Silla Vacía confirma que un alto porcentaje del relato no se corresponde con lo que muestran los documentos financieros disponibles públicamente y peor aún, que muchos de los socios del candidato han tenido vínculos problemáticos con la justicia.
Podría parecer que el outsider estaría siendo atacado por los nuevos lideres de la elite mediática en una aparente conspiración o un posible ataque gratuito, pero lo que realmente se puede leer es, ante todo, una invitación demandante a la claridad y la coherencia entre lo que se dice y lo que se demuestra con los hechos. En esta carrera por el solio de Bolívar, decir descaradamente que se cuenta con los recursos suficientes para financiar una campaña exitosa sin que esto sea demostrable, comprobable y sin evidencias públicas transparentes, no es solo una licencia narrativa, sino un elemento definitorio frente al financiamiento de la política en nuestro país.
De otro lado, y no menos delicado y preocupante, las firmas que el candidato presentó a la Registraduria Nacional para respaldar su inscripción, han generado polémica por el manto de dudas que reposa en las listas.
De la Espriella afirmó que había logrado el respaldo de casi cinco millones de firmas para avalar su candidatura, cifra por demás superior al requisito exigido legalmente. Pero en paralelo con la celebración por el número de firmas, la Registraduria confirmó que no solo en las listas presentadas por el candidato que asume representar la derecha, sino en algunos otros que aspiran a ser inscritos por firmas, se detectaron fotocopias de formularios, formularios sin diligenciar y practicas que parecen diseñadas para engañar en el escrutinio técnico a la institución. Hasta hoy, no se ha publicado que firmas concretas han sido revaluadas, validadas o rechazadas, pero el mismo Registrador Nacional confirmó la existencia de firmas que incumplen los requisitos básicos y que exigen una revisión milimétrica.
Cedulas repetidas, fotocopias o formularios presentados en blanco, entre otros, no solo dejan un manto de duda sobre la transparencia de como se recolectaron las rúbricas, sino que también generan dudas objetivas a cerca de la autenticidad del mandato popular que De la Espriella ha invocado para justificar acciones estratégicas en su campaña.
Abogando a la mayor objetividad posible, lejos de devociones o antipatías, no podemos dudar que un ciudadano que aspire a la presidencia debe reconocer que la transparencia no es opcional, es una demanda ética y cívica. La confianza de los votantes no se gana con discursos o cifras sin verificación.
La pregunta es ¿De la Espriella puede sostener su discurso erigiéndose como antítesis de un sistema político clientelista, a pesar de que el origen de sus recursos económicos y el “respaldo” popular, son otro capítulo tan oscuro como su práctica juvenil de explotar gatos con pólvora, solo por verlos “volar”?