Por: Franky Vega Murcia
La democracia colombiana acaba de recibir una lecciĂłn que no provino del Gobierno, sino de quienes dicen defenderla.
En menos de una semana, dos voceros de la izquierda radical dejaron al descubierto una peligrosa concepciĂłn del poder: cuando ellos gobiernan, exigen respeto por las instituciones; cuando pierden, anuncian bloqueos, llaman a la desobediencia civil y pretenden condicionar el reconocimiento del presidente elegido por el pueblo.
No estamos frente a simples declaraciones polĂticas. Estamos frente a un mensaje profundamente preocupante para cualquier democracia.
Una dirigente juvenil de izquierda llamada Viviana MarĂn Carmona, quien se desempeña como secretaria polĂtica de la Juventud Comunista de Colombia, apareciĂł en un video afirmando, con absoluta tranquilidad, que “eran una plaga”, que iban a gastar zapatos bloqueando al paĂs todos los dĂas y que harĂan invivible el gobierno de Abelardo de la Espriella, es decir, antes de que un presidente se posesione, ya anuncian que su propĂłsito no será ejercer una oposiciĂłn responsable, sino impedir que el paĂs funcione. Esa no es la esencia de la democracia. Eso es apostar por el caos. Eso es convertir a millones de colombianos en vĂctimas de una estrategia polĂtica cuyo Ăşnico propĂłsito es hacer fracasar un gobierno legĂtimamente elegido.
Pero lo ocurrido al dĂa siguiente resulta aĂşn más delicado. El senador Iván Cepeda, quien se identifica asĂ mismo como el lĂder de la oposiciĂłn, afirmĂł que solo reconocerĂa plenamente al nuevo gobierno si el presidente electo renuncia a su ciudadanĂa estadounidense, aclara sus relaciones con organismos de seguridad de ese paĂs y asume otros compromisos polĂticos. Incluso convocĂł a una “desobediencia civil pacĂfica” si esas exigencias no son atendidas.
AquĂ es donde conviene hacer una precisiĂłn jurĂdica que no admite discusiĂłn, en Colombia, los presidentes no son reconocidos por la oposiciĂłn. Los presidentes son elegidos por el pueblo y declarados electos por la autoridad electoral competente. El reconocimiento jurĂdico no depende del senador Iván Cepeda, la oposiciĂłn, ni de ningĂşn partido polĂtico. Ese reconocimiento lo otorga el Consejo Nacional Electoral conforme a la ConstituciĂłn y a la ley y esto ya ocurriĂł.
Por eso resulta profundamente equivocado pretender que el lĂder de la oposiciĂłn pueda imponer condiciones para aceptar una decisiĂłn soberana del pueblo colombiano. La oposiciĂłn tiene derechos, muchos derechos y, en realidad es bueno que los tenga.
La Ley 1909 de 2018, conocida como el Estatuto de la OposiciĂłn, le garantiza acceso a medios de comunicaciĂłn, participaciĂłn polĂtica, derecho de rĂ©plica, informaciĂłn oficial, financiaciĂłn y control polĂtico. Pero hay algo que esa ley jamás le concediĂł. No le otorgĂł la facultad de reconocer o desconocer gobiernos, no le permitiĂł condicionar la legitimidad del Presidente de la RepĂşblica, no le autorizĂł a poner requisitos para aceptar la voluntad popular y, mucho menos le dio competencia para convocar a una desobediencia civil como mecanismo para presionar al gobierno reciĂ©n elegido.
Ojo, la oposiciĂłn Controla, Fiscaliza, Debate, Critica y Propone, pero no certifica la legitimidad de un presidente. Esa legitimidad proviene exclusivamente del voto ciudadano y de las autoridades electorales.
Tampoco resiste el más mĂnimo análisis jurĂdico la exigencia de renunciar a la doble nacionalidad, pues la ConstituciĂłn PolĂtica es absolutamente clara, el artĂculo 191 establece Ăşnicamente tres requisitos para ser Presidente de la RepĂşblica: primero ser colombiano por nacimiento, segundo ser ciudadano en ejercicio y finalmente tener más de treinta años de edad. Nada más.
Ahora bien, en el numeral 7 del artĂculo 179, remisorio del articulo 197 de la ConstituciĂłn, que dice que esta inhabilitado para ser elegido presidente: “(…) 7. Quienes tengan doble nacionalidad, exceptuando los colombianos por nacimiento.”, se elimina cualquier duda al disponer que la inhabilidad relacionada con la doble nacionalidad no aplica a los colombianos por nacimiento, cuyo caso es el de Abelardo de la Espriella.
Es decir, el propio Constituyente creĂł una excepciĂłn expresa. No existe, entonces, fundamento constitucional para exigir la renuncia a una segunda nacionalidad cuando el presidente es colombiano por nacimiento.
No es un vacĂo constitucional como dicen, que da lugar a interpretaciĂłn, todo lo contrario el texto expreso de la ConstituciĂłn, no da lugar al más mĂnimo asomo de duda y cuando la norma es clara, Ăłigase bien NO HAY LUGAR A INTERPRETACION.
La ley no puede convertirse en un arma selectiva, no puede ser severa con quienes piensan distinto y complaciente con quienes pertenecen al mismo sector ideolĂłgico.
La Constitución no cambia dependiendo de quién gane las elecciones y, la democracia tampoco.
Finalmente, hay una expresiĂłn que merece una reflexiĂłn especial, convocar a una “desobediencia civil” frente a un gobierno democráticamente elegido no es un mensaje menor. La desobediencia civil ha sido, histĂłricamente, un mecanismo excepcional frente a regĂmenes que niegan derechos fundamentales o desconocen el orden constitucional, y, en nuestro caso ni una cosa, ni la otra, pues el gobierno al que quieren desobedecer no ha iniciado su ejercicio y ya lo quieren desobedecer, lo que deja en evidencia que solo es una excusa para evitar los controles que les pueden generar verdaderas responsabilidades legales.
Invocarla contra un gobierno cuya legitimidad proviene de las urnas y de las autoridades electorales es una señal polĂtica de enorme gravedad. En democracia, el escenario para derrotar a un gobierno son las elecciones, el Congreso, el control polĂtico y los jueces.
No las amenazas de paralizaciĂłn permanente del paĂs. La democracia exige aceptar una verdad sencilla. Hoy se gana, mañana se pierde, pero siempre se respeta la voluntad del pueblo.
Porque cuando una fuerza polĂtica solo acepta los resultados electorales que la favorecen, y no está dispuesta a que le hagan verdaderos controles a sus acciones, deja de comportarse como demĂłcrata y comienza a comportarse como dueña de la democracia.
Y Colombia ya ha pagado un precio demasiado alto por quienes creen que el paĂs solo es legĂtimo cuando gobiernan ellos.
