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La democracia se nos está muriendo… y la estamos dejando sola

Por: Franky Vega Murcia

Opinión

Hay una tragedia silenciosa ocurriendo en Colombia: la democracia se está debilitando no solamente por la corrupción o las maquinarias políticas, sino porque millones de ciudadanos renunciaron al derecho más poderoso que tiene un pueblo libre: elegir y ser elegido.

Mientras muchos colombianos aseguran que “todos los políticos son iguales”, otros sí salen a votar, organizan estructuras, mueven intereses económicos y terminan definiendo el rumbo del país. Así, elección tras elección, Colombia termina siendo gobernada no necesariamente por las mayorías, sino por minorías disciplinadas que entienden perfectamente el valor del voto.

La Constitución Política, en su artículo 40, reconoce como derecho fundamental la participación en la conformación, ejercicio y control político del Estado. Sin embargo, lo hemos convertido en un derecho vacío. Hoy más de 40 millones de colombianos podrán votar en las elecciones presidenciales de 2026, pero probablemente apenas la mitad participe. Eso significa que el próximo presidente podría ser elegido por una pequeña fracción del país, mientras las grandes mayorías guardan silencio.

Y el silencio también vota.

El silencio fortalece las maquinarias.
El silencio favorece los extremos.
El silencio permite que otros decidan por todos.

Nos acostumbramos a criticar gobiernos en redes sociales, a indignarnos en conversaciones familiares y a repetir que nada cambia, pero cuando llega el momento de decidir el futuro de Colombia, millones desaparecen de las urnas.

Hoy el país vuelve a debatirse entre extremos ideológicos. Por un lado, la candidatura de izquierda encabezada por Iván Cepeda, identificada con la continuidad del actual gobierno; y por el otro, candidaturas de derecha y centro-derecha representadas por figuras como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella.

¿Cuál es la mejor opción para Colombia?
La respuesta la tiene cada ciudadano desde su conciencia, sus principios y el país que sueña para sus hijos.

Porque quienes más sufrirán o disfrutarán las decisiones del presente serán precisamente las nuevas generaciones.

El verdadero problema no es solamente quién gane las elecciones. El verdadero problema es si seguiremos renunciando a nuestra democracia por apatía, cansancio o desesperanza.

No podemos permitir que el desencanto nos robe la República.

La democracia no puede seguir siendo un trámite cada cuatro años. Tiene que convertirse en un sentimiento patriótico, en una responsabilidad moral y en un compromiso ciudadano. Tenemos que volver a sentir que Colombia nos pertenece y que el voto no es una mercancía ni un favor burocrático, sino la herramienta más poderosa que tiene un ciudadano libre.

Ya es hora de entender que la democracia no se salva sola.

Se salva cuando un joven decide votar por primera vez.

Se salva cuando una madre entiende que el futuro de sus hijos también se decide en las urnas.
Se salva cuando un campesino, un estudiante, un empresario o un trabajador comprenden que su voto vale más que cualquier maquinaria.
Se salva cuando dejamos de ver la política como un negocio ajeno y comenzamos a verla como una responsabilidad colectiva.

El 31 de mayo de 2026 no solamente elegiremos un presidente. Elegiremos qué tipo de ciudadanos queremos ser.

Porque quien no participa entrega su voz.
Quien no vota permite que otros decidan por él.
Y quien renuncia a la democracia termina siendo víctima de las decisiones tomadas por otros.

La democracia colombiana necesita menos espectadores y más ciudadanos. Y el cambio no empieza en la Casa de Nariño; empieza en la conciencia de cada colombiano frente a una urna electoral.

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