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La mesada 14: los que cargaron las cadenas y los que reclamaron las coronas

Por: Danilo Andrés Arboleda

En la lucha por los derechos de los veteranos, hay quienes asumen el costo del sacrificio cuando todo es incertidumbre y quienes aparecen cuando la victoria ya tiene dueño. La diferencia entre unos y otros no la establecen las medallas ni las fotografías, sino la historia.

¿Quién merece el reconocimiento de una victoria?

¿Quién merece el reconocimiento de una conquista colectiva: quien soportó el peso de la batalla cuando nadie garantizaba el éxito o quien llegó a tiempo para posar junto al resultado?

La pregunta puede resultar incómoda, pero es necesaria. Cada vez que una reivindicación social se hace realidad, surge una disputa silenciosa por la memoria. Todos quieren figurar en la fotografía de la victoria, pero no todos estuvieron presentes cuando la causa parecía perdida.

Estamos hablando de la mesada 14, un derecho cuya recuperación fue el resultado de esfuerzos sociales, jurídicos, legislativos e institucionales. También hablamos de hombres que decidieron arriesgar su tranquilidad y dignidad para evitar que sus reclamaciones siguieran siendo ignoradas.

Detrás de cada conquista resumida en una ley o una reforma constitucional existe una historia que merece contarse completa: la de quienes persistieron cuando abundaban las promesas, escaseaban las soluciones y no había garantías de éxito.

Cuando las cadenas hablaron más fuerte que los discursos

En 2023, un grupo de veteranos con discapacidad física y salud mental alterada  recurrió a una forma extrema de protesta: encadenarse frente al Consejo de Estado. No fue una puesta en escena para ganar notoriedad ni una estrategia de posicionamiento personal. Fue una manifestación de inconformidad de hombres que buscaban visibilizar una reclamación que consideraban justa.

Las cadenas no eran un accesorio. Eran un mensaje. Representaban la frustración de quienes habían servido al país, cargaban con secuelas físicas, mentales y emocionales, sentían que sus derechos seguían sin respuesta.

Mientras algunos observaban los acontecimientos desde la distancia, otros asumían directamente el desgaste físico y emocional de una protesta cuyo resultado era incierto. No sabían si serían escuchados ni si su sacrificio produciría algún cambio. Aun así, permanecieron allí.

De acuerdo al relato de la organización, fueron 24 días con sus noches de resistencia, durante los cuales enfrentaron frío, hambre, sed, cansancio, incomodidad, dolor y el desprecio indolente de transeúntes que los tildaban de “paracos”, las miradas de desprecio de magistrados de las altas cortes, la indiferencia de sus colegas y la apatía general por la protesta legítima de quienes juraron defender la Patria. Veinticuatro días sin garantías de victoria, sin homenajes asegurados y sin la certeza de que su esfuerzo sería reconocido.

Esa es la diferencia entre quienes asumen una causa por convicción y quienes se acercan cuando comienza a producir reconocimientos: los primeros actúan cuando el resultado es incierto; los segundos aparecen cuando ya existe una victoria que exhibir.

No se trata de afirmar que una protesta explique, por sí sola, una reforma. Se trata de reconocer que el sacrificio de estos veteranos forma parte de una historia que no puede ser borrada por la competencia y los protagonismos.

La verdad completa no necesita exclusividades

Sería injusto afirmar que la recuperación de la mesada 14 fue el resultado exclusivo de una protesta o de una sola organización. Las conquistas de esta naturaleza requieren esfuerzos complementarios: iniciativas legislativas, gestiones institucionales, movilización social y persistencia de quienes mantienen viva una reclamación.

El 16 de julio de 2024, mediante el Acto Legislativo 01, se modificó el artículo 48 de la Constitución Política para restablecer la mesada 14 a todos los beneficiarios del sector Defensa incluido personal civil al servicio de las fuerzas, en los términos previstos por la reforma. Fue un avance importante para quienes venían reclamando esa prestación.

Reconocer la intervención de congresistas, organizaciones y otros actores no implica minimizar el sacrificio de quienes se expusieron directamente para llamar la atención sobre la causa. La justicia histórica consiste en asignar a cada participante el mérito que le corresponde, sin apropiaciones ni exclusiones interesadas.

En su postulación a los premios VetRes, en la categoría Esfuerzo sociopolítico, VETERPAZ —Veteranos de la Fuerza Pública Colombiana por la Paz— reivindicó el papel de los soldados pensionados por invalidez y su contribución a esta lucha. Su planteamiento recuerda que detrás de las conquistas colectivas también hay hombres que, pese a sus limitaciones, insistieron cuando el desenlace aún no estaba asegurado.

Por eso, una pregunta resulta inevitable: ¿quiénes estuvieron presentes cuando todavía no había nada que celebrar y quiénes aparecieron cuando comenzaron a repartirse los reconocimientos?

La pregunta no busca excluir a nadie. Busca impedir que la memoria colectiva quede en manos de quienes tienen mayor visibilidad o capacidad para promocionar su propia imagen.

Cuando el liderazgo se convierte en una vitrina

El problema no está en recibir un reconocimiento por un trabajo serio y demostrable. Distinguir a quienes contribuyen al bienestar de los veteranos es legítimo y necesario. El problema comienza cuando las causas gremiales dejan de ser instrumentos para defender derechos y se convierten en vitrinas de promoción personal.

En ciertos escenarios, pareciera que la prioridad ya no es gestionar soluciones, sino competir por fotografías, ocupar lugares de honor, recibir distinciones y exhibir credenciales de liderazgo. Mientras tanto, el trabajo silencioso pierde visibilidad y la autopromoción gana terreno.

Algunos entienden el liderazgo como una responsabilidad; otros, como una oportunidad para alimentar su prestigio. Los primeros acompañan las causas difíciles; los segundos parecen descubrirlas cuando hay aplausos que recoger.

Un reconocimiento al esfuerzo sociopolítico debería responder a preguntas sencillas: ¿qué problema ayudó a resolver la persona postulada?, ¿qué derechos defendió?, ¿qué gestiones realizó?, ¿qué resultados produjo y qué evidencias respaldan su aporte?

Si las respuestas son claras, el reconocimiento tiene sentido. Si son ambiguas, la distinción corre el riesgo de convertirse en una ceremonia vacía.

El liderazgo no se mide por las fotografías publicadas, los diplomas exhibidos ni la frecuencia con la que alguien aparece en escenarios institucionales. Se mide por la capacidad de acompañar una causa cuando hacerlo implica sacrificios, por la perseverancia ante las instituciones, por la transparencia y, sobre todo, por los resultados.

El verdadero líder no necesita proclamarse salvador de nadie. Sus acciones hablan por él.

Siete lanceros, una causa

En su postulación, VETERPAZ reivindica el papel de siete valientes que convergieron en un propósito común y resistieron durante 24 días y sus noches. Su historia merece atención porque recuerda que detrás de cada reivindicación hay seres humanos que asumen costos reales.

Fueron siete lanceros de alma, cuerpo y espíritu. Siete seres humanos que, según el relato de la organización, soportaron condiciones difíciles y decidieron mantenerse firmes cuando abandonar podía parecer la opción más sencilla.

Su consigna resume el sentimiento de numerosos veteranos: «¡Exigimos! ¡Reclamamos! ¡Lo que con sangre nos ganamos!»

La evocación de los lanceros del Pantano de Vargas no pretende equiparar acontecimientos históricos distintos. Busca resaltar una idea fundamental: ninguna reivindicación colectiva avanza sin personas dispuestas a perseverar cuando el resultado aún es incierto.

Su esfuerzo merece reconocimiento, no apropiación. Su historia merece ser contada, no utilizada para alimentar egos. Y su contribución puede reivindicarse sin desestimar las gestiones legislativas, institucionales y sociales de los demás actores.

La memoria no necesita fabricar héroes exclusivos; necesita reconocer los aportes con honestidad. Pero tampoco puede aceptar que, en nombre de una supuesta unidad, se diluyan los sacrificios de quienes asumieron directamente los costos de la protesta.

Menos protagonismo, más resultados

La discusión va más allá de una medalla o de una postulación. La verdadera pregunta es si las organizaciones de veteranos están cumpliendo su propósito esencial o si algunas corren el riesgo de convertirse en plataformas para fabricar protagonismo personal.

¿Estamos evaluando resultados o celebrando apariencias? ¿Escuchamos a quienes padecen las dificultades o solamente a quienes hablan en su nombre? ¿Fortalecemos la representación gremial o la convertimos en una competencia por el prestigio?

Son preguntas incómodas, pero necesarias. Un gremio que deja de exigir resultados a sus representantes debilita su propia capacidad de reivindicación. Cuando los reconocimientos se convierten en un fin, la causa colectiva queda relegada.

Los veteranos de Colombia merecen dirigentes que trabajen cuando no hay cámaras, que insistan cuando las respuestas no llegan y que rindan cuentas de su gestión. Necesitan menos discursos y más hechos; menos competencia por los aplausos y más compromiso con la dignidad de quienes sirvieron a la nación.

La memoria no se negocia

La mesada 14 no puede convertirse en el trofeo personal de quienes aparecieron cuando la batalla ya estaba avanzada. La historia debe recordar a quienes reclamaron, resistieron, gestionaron, legislaron y acompañaron la causa. A cada cual debe reconocérsele su contribución, pero a nadie debería permitírsele apropiarse del sacrificio ajeno.

Porque el sacrificio no se hereda, el mérito no se compra y el liderazgo no se decreta mediante diplomas, fotografías o discursos.

A los veteranos no se les honra con palabras oportunistas. Se les honrará defendiendo sus derechos, mejorando sus condiciones de vida y demostrando, con hechos verificables, que su sacrificio por Colombia no fue olvidado. Quien no estuvo dispuesto a asumir el costo de la lucha debería, al menos, tener la honestidad de no apropiarse de los méritos de los demás.

Que nadie confunda el ruido de los aplausos con el peso de la historia. Las cadenas las cargaron unos; la conquista fue resultado de esfuerzos diversos, pero no todos asumieron el mismo costo ni estuvieron presentes cuando la incertidumbre era total.

Cuando se apaguen los micrófonos, desaparezcan los cargos y las fotografías se pierdan en los archivos de las redes sociales, quedarán los hechos. Ninguna medalla podrá borrar las ausencias, ningún diploma podrá reemplazar el sacrificio y ninguna ceremonia podrá convertir en protagonista a quien no lo fue.

La historia puede tardar en pronunciar su veredicto, pero no debería permitir que el oportunismo escriba la versión definitiva.

A quienes hoy se disputan las coronas, conviene recordarles que el verdadero honor no consiste en aparecer en la fotografía de la victoria, sino en haber tenido el valor de dar la batalla cuando todavía existía la posibilidad de perder.

Los veteranos no necesitan dirigentes que se proclamen dueños de sus conquistas. Necesitan representantes a la altura de sus sacrificios. Quien pretenda reclamar el mérito de una lucha debe presentar hechos, gestiones y resultados, no solo fotografías tomadas después de la victoria.

Las cadenas las llevaron quienes dieron la batalla. Los egos pueden repartir las coronas. Pero la historia, tarde o temprano, termina separando a quienes contribuyeron a conquistar los derechos de quienes solo llegaron a reclamar los aplausos.

Y cuando llegue ese momento, ni el cargo más alto ni la medalla más brillante podrán alterar una verdad elemental:

Al terminar el juego, el peón y el rey van a la misma caja. La diferencia es que algunos habrán dejado una huella en la historia, mientras que otros apenas habrán dejado una fotografía.