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Cuando el tigre ruge, tiemblan los intereses

Por: Ana María Rincón Herrera

Opinión

Hoy vimos la escena de siempre.

Cuando un liderazgo crece, cuando convoca multitudes, cuando despierta esperanza real en la gente de bien, aparecen los ataques coordinados, los titulares malintencionados y las redes convertidas en trincheras de difamación.

No es casualidad.

Abelardo De La Espriella no es un candidato cómodo para el establecimiento. No es un político tibio. No es un hombre que pida permiso para decir lo que millones de colombianos piensan en silencio. Y eso, en un país acostumbrado a la corrección política hipócrita, incomoda.

Por eso hoy algunos medios y ciertas bodegas digitales han intentado golpear su nombre, su carácter y su proyecto. Pero se equivocan si creen que los ataques debilitan al tigre.

Lo fortalecen.

Porque cada embestida confirma que estamos tocando fibras sensibles. Que estamos enfrentando privilegios enquistados. Que estamos desafiando a quienes se sienten dueños del relato nacional.

En Colombia hay una vieja práctica: destruir reputaciones cuando no se puede derrotar ideas. Convertir el debate en linchamiento mediático. Reemplazar argumentos con adjetivos. Y cuando eso ocurre, uno debe preguntarse: ¿a quién le conviene silenciar una voz firme?

El tigre no nació para agradar a los salones del poder. Nació para defender principios. Para enfrentar el crimen con determinación. Para hablar claro frente a la corrupción. Para recuperar el orden, la autoridad y el respeto por la ley.

Y eso no se negocia.

Quienes hoy atacan creen que la opinión pública es manipulable, que la gente no distingue entre una crítica legítima y una campaña de desprestigio. Subestiman al ciudadano. Subestiman al país profundo.

La Colombia trabajadora, la que madruga, la que paga impuestos, la que sufre la inseguridad y el abandono del Estado, sabe reconocer cuando un líder habla con convicción.

Como mujer, como huilense y como candidata que hace parte de este proyecto político, no me intimidan los ataques; los asumo como señal de que estamos avanzando. Que el mensaje está llegando. Que la esperanza despierta.

Somos la manada del tigre. Y una manada no retrocede ante el ruido. Avanza más fuerte.

Hoy más que nunca debemos cerrar filas. Defender el debate con argumentos. Exigir altura, pero no permitir la calumnia. Y seguir caminando barrio a barrio, municipio a municipio, hablando de propuestas, de país, de futuro.
Porque cuando el tigre ruge, no es un acto de rabia. Es un llamado a la dignidad.

Y la dignidad no se arrodilla ante titulares.

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