Por: Ana María Rincón Herrera
Opinión
Las palabras de Iván Cepeda no son un simple desliz: son una muestra preocupante de cómo algunos sectores han decidido hacer política en Colombia, apelando a la estigmatización y al señalamiento colectivo. Calificar a Antioquia como epicentro de la parapolítica y la narcoeconomía no solo es una afirmación reduccionista, es una grave irresponsabilidad.
Porque cuando un dirigente nacional habla, no habla en abstracto. Sus palabras tienen peso, generan impacto y pueden profundizar la fractura nacional. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando se lanza un juicio de ese calibre sobre toda una región.
Sí, Antioquia ha vivido momentos oscuros, como los ha vivido Colombia entera. Pero lo que resulta inaceptable es que se utilice esa historia para construir un relato político que estigmatice a millones de ciudadanos. Ese tipo de discurso no busca la verdad: busca rentabilidad política.
Lo más grave es la doble moral. Porque si vamos a señalar territorios por episodios dolorosos de su historia, entonces ningún rincón de Colombia se salvaría. Pero no se trata de eso. Se trata de entender que los pueblos no pueden ser condenados por los errores de algunos, ni utilizados como blanco de ataques políticos.
Antioquia no es un eslogan para la confrontación. Es una región que ha puesto víctimas, que ha luchado contra la violencia, que ha construido empresa, progreso y oportunidades. Es una sociedad que ha demostrado, una y otra vez, que su esencia está en el trabajo honesto y en la capacidad de salir adelante.
Las declaraciones de Cepeda no aportan a la reconciliación ni al debate serio. Por el contrario,profundizan la polarización y reactivan heridas que Colombia necesita cerrar con responsabilidad, no con discursos ligeros.
La política no puede seguir siendo el arte de dividir a los colombianos entre “buenos” y “malos” según la conveniencia ideológica del momento. Esa narrativa es peligrosa, injusta y profundamente equivocada.
Hoy, más que nunca, Antioquia merece respeto. Y Colombia merece líderes que construyan sobre la verdad completa, no sobre la estigmatización como herramienta política.
Porque atacar regiones enteras no es hacer política: es renunciar a entender el país real.