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Eligiendo al Joker

Por: Edwin Renier Valencia Rodríguez

Opinión

¿Estamos destruyendo lo que nos da de comer? Hoy el mundo atraviesa un debate profundo sobre los modelos económicos. Pero más allá de etiquetas como “derecha” o “izquierda”, que muchas veces simplifican y confunden, la verdadera discusión es otra: ¿apostamos por economías que incentivan la producción o por modelos donde el Estado intenta reemplazarla?

La historia económica ofrece pistas claras. Durante la mayor parte de la humanidad, la pobreza extrema fue la norma. Hacia 1820, cerca del 90–95% de la población mundial vivía en condiciones de pobreza. Fue a partir de la Revolución Industrial, con la aparición de la máquina de vapor y la producción en masa que ese patrón comenzó a cambiar.

Sí, ese proceso tuvo costos: desplazó oficios tradicionales, concentró riqueza en sus inicios y generó profundas desigualdades. Pero también desencadenó algo fundamental: el crecimiento sostenido de la productividad y la demanda de trabajo.

Y ahí está una de las claves que muchas veces ignoramos.

Las economías que lograron desarrollarse como Inglaterra, Alemania, Francia o Estados Unidos, no lo hicieron porque redistribuyeron pobreza, sino porque expandieron su capacidad de producir riqueza. A medida que más empresas competían, aumentaba la demanda de trabajadores. Y cuando las empresas compiten por talento, los salarios tienden a subir.

El mismo patrón se repitió después en Asia. Países como Corea del Sur, Singapur o Taiwán pasaron de la pobreza a altos niveles de desarrollo en pocas décadas. ¿Cómo lo hicieron? Abriéndose a la inversión, apostándole a la educación y fortaleciendo su aparato productivo.

Incluso casos más complejos como China muestran una lección incómoda pero relevante: cuando su economía era completamente centralizada, millones vivían en pobreza extrema. Fue tras la apertura económica impulsada por Deng Xiaoping que el país inició una transformación sin precedentes, sacando a cientos de millones de personas de la pobreza.

Esto no significa que el libre mercado sea perfecto. No lo es. Genera desigualdades, concentra riqueza y requiere regulación inteligente. Pero hay algo que la evidencia histórica sugiere con claridad: sin un aparato productivo fuerte, no hay empleo digno; y sin empleo digno, no hay reducción sostenible de la pobreza.

Y aquí es donde debemos mirarnos como región. ¿Qué está pasando con nuestras empresas? ¿Qué tan fácil es hoy emprender, crecer, invertir? ¿Estamos fortaleciendo o debilitando a quienes generan empleo?

Cuando las reglas de juego son inestables, cuando producir se vuelve más costoso que importar, cuando la carga regulatoria asfixia en lugar de impulsar, el resultado es predecible: menos empresas, menos inversión y menos oportunidades.

No se trata de eliminar el Estado. Se trata de entender su rol: no reemplazar al sector productivo, sino crear las condiciones para que florezca. Un Estado que ordena, regula con equilibrio, invierte en capacidades (educación, infraestructura, tecnología) y facilita, en lugar de obstaculizar.

Porque cuando se destruye el aparato productivo, lo que cae no es una cifra en un informe: caen los salarios, cae el empleo y aumenta la dependencia.

El verdadero debate no es ideológico. Es práctico. ¿Queremos una economía que genere oportunidades o una que las limite? ¿Queremos más empresas creciendo o más empresas cerrando? ¿Queremos combatir la desigualdad o reducir la pobreza?

Tal vez ha llegado el momento de dejar de discutir etiquetas y empezar a cuidar, con seriedad, lo único que realmente sostiene el bienestar de una sociedad: su capacidad de producir. Porque al final, una región que no produce, es una región que depende. No más politiqueros que destruyan la sociedad, elijamos gente responsable. Termino con una frase de una de mis peliculas favoritas dirigida por Cristopher Nolan para describir la situación: “Algunos hombres solo quieren ver arder el mundo”. ¿Qúe opinas?

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