Por: Ana María Rincón Herrera
Opinión
En política, las alianzas pueden ser necesarias. Lo que resulta difícil de explicar es cuando quienes, durante años, construyeron su identidad política señalándose mutuamente como el mayor riesgo para el país terminan unidos para disputar los principales espacios de poder.
La reciente coincidencia entre el Pacto Histórico y el Centro Democrático para la Presidencia del Congreso representa uno de esos episodios que inevitablemente alimentan el escepticismo ciudadano. Durante años, ambos sectores protagonizaron una confrontación permanente. Mientras uno se presentaba como la alternativa para desmontar el modelo que representaba el otro, su contraparte advertía que el proyecto político del Pacto Histórico significaba un peligro para las instituciones y la democracia.
Hoy, esa confrontación parece haber quedado en un segundo plano frente a la conveniencia política del momento.
No se trata de cuestionar la legalidad de los acuerdos parlamentarios. El Congreso funciona con mayorías y la negociación hace parte de la democracia. Lo preocupante es la facilidad con la que algunos discursos radicales parecen desaparecer cuando están en juego los cargos de mayor influencia.
La política pierde credibilidad cuando los principios parecen negociables. Los ciudadanos votan convencidos de respaldar unas ideas, unos valores y una forma de ejercer el poder. Cuando esas mismas fuerzas terminan actuando de manera opuesta a lo que defendieron durante años, la sensación que queda es que las diferencias eran más útiles para las campañas que para gobernar.
Este tipo de acuerdos también envía un mensaje equivocado a la ciudadanía. Si quienes se calificaban mutuamente como incompatibles ahora pueden actuar de manera coordinada, surge una pregunta inevitable: ¿qué tanto de la polarización que vivió Colombia respondía a diferencias reales y qué tanto obedecía a una estrategia para movilizar electores?
El mayor riesgo no es la alianza en sí misma. El verdadero problema es el deterioro de la confianza pública. Cada vez que un partido abandona, sin mayores explicaciones, las posiciones que lo llevaron a obtener el respaldo de millones de colombianos, aumenta la percepción de que la política gira más alrededor del reparto del poder que de la defensa de convicciones.
Colombia necesita un Congreso independiente, capaz de ejercer control político y de debatir con transparencia. Las mayorías son legítimas cuando se construyen alrededor de propuestas para el país y no únicamente alrededor de cuotas de poder.
La democracia no se fortalece cuando los partidos renuncian a sus diferencias por conveniencia. Se fortalece cuando las alianzas tienen fundamentos claros, se explican de cara a la ciudadanía y respetan los principios con los que cada fuerza política pidió el voto de los colombianos. De lo contrario, la política corre el riesgo de convertirse en un escenario donde las ideologías son temporales y el poder termina siendo el único punto de encuentro.