Por: Andrés Calderón
Opinión
La pandemia nos obligó a estrechar nuestra relación con la ciencia de una manera tan rápida que, por momentos, pareció adentrarse en terrenos de la ciencia ficción. De una forma casi imperceptible, pasamos de convivir con asistentes de voz básicos como Siri, Alexa o Google Assistant, diseñados bajo rígidas estructuras de programación que solo seguían guiones estrictos y eran incapaces de comprender el contexto, a presenciar el nacimiento de las inteligencias artificiales generativas. Hoy no nos enfrentamos a simples contestadores de comandos programados, sino a sistemas capaces de razonar, programar, crear textos, imágenes, videos y analizar millones de datos en fracciones de segundo. Aunque venimos hablando de inteligencia artificial desde hace más de medio siglo, es esta repentina masificación, apalancada por los teléfonos inteligentes y el internet en la nube, la que ha transformado de raíz las reglas de nuestra sociedad.
Este proceso de revolución tecnológica ya está rediseñando el futuro de los jóvenes en las aulas de clase. El sistema educativo se ve forzado a transformarse para dar paso a programas académicos enfocados en el diseño, programación y gestión de tecnologías inteligentes, respondiendo a una alta demanda empresarial por perfiles en ciencia de datos, desarrollo de software e ingeniería de IA. Para las nuevas generaciones, estas carreras ya resultan mucho más atractivas que las profesiones tradicionales. El caso de la Universidad Surcolombiana en el Huila es un ejemplo perfecto de este cambio de época: allí, la ingeniería de software se ha convertido en la segunda carrera con mayor exigencia de puntaje de admisión, superando a la tradicional ingeniería de Petróleos y ubicándose solo por detrás de Medicina. El futuro rompe el campo físico y se proyecta hacia la nube.
Pero este fenómeno debe ser analizado no solo desde el punto de vista de los beneficios, sino que también debe tener un abordaje crítico que nos lleve a analizar sus consecuencias adversas y posibles soluciones. El desarrollo de la IA ha traído consigo una fuerte transformación del mercado laboral que, si bien es cierto que entrega posibilidades de mejoras que facilitan muchas labores y crean demanda de nuevas formas de trabajo, tiene consecuencias negativas en el empleo. Así tenemos, por ejemplo, que el aumento de la productividad y la automatización de procesos que pueden verse como una fortaleza dentro de este nuevo escenario, afecta la oferta de trabajo con habilidades básicas en la que se encuentran las poblaciones más vulnerables; estas mejoras no se están traduciendo en más empleos y mayores salarios, pero si en mayor rentabilidad de las empresas tecnológicas. Una de las principales causas de este problema es que el desarrollo acelerado de la IA raya con la lenta transición laboral que, al contrario de lo que muchos creen, cuesta demasiado tiempo y recursos y no está alineada con los tiempos biológicos y educativos del ser humano.
Esta paradoja entre el desarrollo tecnológico que busca la mejora de procesos para el progreso, pero a la vez destruye puestos de trabajo, abre la discusión acerca de preocupaciones como su uso ético y, muy importante, la seguridad. También plantea debates acerca de cómo realizar las transformaciones que necesita el mercado laboral, entre las que tiene mucha relevancia las del sistema educativo, pero también cómo desde los gobiernos, por ejemplo, se pueden tomar medidas fiscales para contrarrestar el desempleo. El dilema que enfrentamos no es tecnológico, sino humano. La pregunta que los gobiernos y la sociedad debemos responder no es qué tan inteligentes pueden llegar a ser los algoritmos o si son o no necesarios; creo que está claro que sí, sino cómo vamos a proteger la dignidad y el sustento de las personas en un mundo donde las máquinas aprenden a pensar y hasta reemplazarnos en muchas labores.
