Por: Andrés Calderón
En el año 1988, la elección popular de alcaldes prometía entregar mayor autonomía a las regiones y legitimidad a sus gobiernos. En este contexto, Rivera se hizo protagonista al elegir a una de las pocas mujeres alcaldesas en el país (para el Huila solo fueron dos), la doctora Nidia Guzmán Durán, “hoy exrectora de la Universidad Surcolombiana”. Su elección fue un gran paso en la promoción del pluralismo político; sin embargo, fue la violencia la que moldeó el destino político de Rivera en adelante.
Esta naciente apertura democrática contrastaba de frente con el auge de movimientos alternativos de izquierda, representados en Rivera por la Unión Patriótica (UP) y, más adelante, por el Movimiento Cívico Popular. Sin embargo, el mapa electoral colombiano no lo definirían las urnas, sino las balas. Ese mismo año, la recién electa alcaldesa presenció el primer golpe de la violencia política local: el asesinato a tiros del concejal de la UP Humberto Santana Tovar, acribillado por dos sicarios al lado de su casa, en un local comercial de su propiedad. La muerte de Humberto Santana, la víctima número 25 de una sangrienta arremetida contra cabildantes locales ese año, antecedió al exterminio sistemático de su partido, cuyo caso fue catalogado como crimen de Estado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Pero vendría un importante periodo para la izquierda en Rivera, que antes de su ascenso vería cómo se reafirmó el liberalismo en el contexto de las elecciones nacionales con César Gaviria a la cabeza, el ungido de la familia Galán. Entonces, en el marco de estas elecciones del año 90, se eligió el segundo alcalde de elección popular en Rivera, el señor Hernando Montenegro, hace poco fallecido, quien bajo su sello de amabilidad, logró juntar nuevamente el liberalismo para gobernar por tres años. Sin embargo, se venía gestando ya un cambio profundo liderado por el Movimiento Cívico Popular en cabeza de Luis Humberto Trujillo Arias, quien había sido compañero de curul del asesinado concejal Humberto Santana y le sucedió en el liderazgo.
La década de los 90 comenzó bajo las banderas rojas del liberalismo que terminaron teñidas del amarillo del movimiento Cívico Popular. A partir de las elecciones del año 92, esta colectividad conquistó la alcaldía municipal en cabeza de Luis Humberto Trujillo Arias (dos veces) y Reinel Gutiérrez Arias (una vez). Este periodo coincidió con el contexto nacional de derroche y endeudamiento de los municipios bajo el joven régimen constitucional del 91, que, carente de controles y reglas fiscales estrictos, elevó a un alto grado de popularidad a estos mandatarios. No obstante, más allá del indudable carisma, empatía y capacidad de gestión de líderes como el propio Humberto Trujillo, esta bonanza desmedida terminó llevando a las finanzas de Rivera y muchos municipios en Colombia al borde de la quiebra y a una posterior intervención estatal.
La ruptura del periodo cívico se dio en el año 2000 bajo el liderazgo de Juan Carlos Ortiz Cuéllar, “hoy alto directivo de la CAM”, quien llegó a la alcaldía respaldado por firmas, pero nacido a la política en las huestes liberales. Su gestión al frente de la alcaldía estuvo marcada por las reformas administrativas producto de la crisis financiera y el escenario de violencia extrema de la época. Ortiz tuvo que gobernar bajo las constantes amenazas de las FARC contra la institucionalidad; habían declarado abiertamente la guerra al Estado colombiano y a sus funcionarios, una amenaza que se materializó posteriormente durante el tercer y último periodo del recordado Humberto Trujillo Arias, asesinado a balazos en la puerta de su casa.
A Humberto lo sucedió el ingeniero Hernando Pinto, quien falleció tiempo después por causas naturales; recién se había establecido el nuevo periodo constitucional de alcaldes por 4 años y la elección de Pinto se dio bajo un escenario atípico de apenas dos años. La llegada de Pinto rompió la tradicional dinámica de bipartidismo ideológico que había caracterizado a Rivera; las circunstancias pusieron por primera vez a un conservador bajo la etiqueta de un movimiento popular y con respaldo del Partido Liberal, eso sí. Sin embargo, su alcaldía pasaría a la historia nacional por la tragedia del 27 de febrero de 2006, cuando las FARC masacraron a nueve de los 11 concejales del municipio, un crimen con tal capacidad de violencia y relevancia política que marcó un antes y un después en la vida política y social de Rivera.
Así, Rivera cerró un periodo en el que la lógica conservadora que caracterizó a buena parte del departamento del Huila durante el siglo XX nunca estuvo presente, pero sí la violencia que caracterizó a todo el país.
Sin paz nunca habrá democracia.