Por: Carlos Ernesto Álvarez Ospina
Opinión
Hay una realidad incómoda que pocos quieren reconocer, los mayores enemigos de la huilensidad no están fuera del departamento. Somos nosotros mismos. Mientras otras regiones del país defienden con orgullo sus tradiciones, su cultura y su identidad, en el Huila pareciera que cada año nos alejamos más de nuestras raíces. Nos emocionamos durante unos días con las fiestas sampedrinas, admiramos el Sanjuanero Huilense, compartimos fotografías de nuestras tradiciones en redes sociales y hablamos del orgullo opita. Sin embargo, una vez termina la temporada festiva, la huilensidad vuelve a quedar relegada al olvido.
Lo más preocupante es que esta pérdida de identidad no es accidental. Es el resultado de años de indiferencia institucional y social. Muchos de nuestros niños saben más sobre culturas extranjeras que sobre la historia del Huila. Conocen personajes de moda en internet, pero desconocen quiénes fueron nuestros líderes, artistas y gestores culturales. Pueden identificar celebraciones importadas, pero no entienden el significado de nuestras tradiciones más representativas. Y si esto ocurre, no es culpa de ellos. Es culpa de una sociedad que ha dejado de enseñarles quiénes somos.
Lo paradójico es que sí existen herramientas jurídicas para fortalecer el sentido de pertenencia regional. Desde hace más de dos décadas, la Ordenanza 006 y el Decreto 1308 de 2004 establecieron mecanismos para promover el Día de la Huilensidad y fortalecer nuestra identidad cultural. Sin embargo, en la práctica, estas normas parecen haberse convertido en simples documentos archivados que pocos recuerdan y menos aún cumplen.
La pregunta es inevitable: ¿qué están haciendo realmente las autoridades para fortalecer la huilensidad? Resulta difícil encontrar una respuesta convincente.
Durante años hemos visto cómo las agendas políticas se concentran en discusiones coyunturales, intereses electorales y proyectos de corto plazo. Mientras tanto, la construcción de identidad cultural ha quedado relegada a un segundo plano. Ni la Alcaldía de Neiva, ni el Concejo Municipal, ni muchas de las entidades responsables han impulsado una estrategia seria, permanente y medible para sembrar en las nuevas generaciones el orgullo de ser huilenses. Y no se trata simplemente de organizar eventos o realizar actos protocolarios. La huilensidad no puede reducirse a un desfile, a una fotografía institucional o a una celebración anual. La identidad cultural se construye todos los días, desde la infancia, a través de la educación, la familia y los espacios comunitarios.
Quizás en muchos jóvenes ya se ha debilitado ese sentido de pertenencia que caracterizó a generaciones anteriores. Pero todavía estamos a tiempo de actuar donde realmente podemos hacer la diferencia: en nuestros niños. Por eso, más allá de la crítica, es momento de plantear soluciones.
Necesitamos una verdadera Cátedra de la Huilensidad en todas las instituciones educativas del departamento, donde los estudiantes conozcan la historia, la geografía, la gastronomía, el folclor y los personajes que han construido nuestra identidad. Necesitamos que el Día de la Huilensidad deje de ser una fecha simbólica y se convierta en una oportunidad real para desarrollar actividades pedagógicas, culturales y académicas en colegios, universidades y entidades públicas.
Debemos fortalecer las escuelas de formación artística y folclórica durante todo el año, no únicamente durante la temporada sampedrina. También es fundamental promover concursos de literatura, danza, música, pintura e investigación sobre la cultura huilense, incentivando a niños y jóvenes a descubrir y valorar sus raíces.
Las nuevas tecnologías también deben convertirse en aliadas. Si las nuevas generaciones viven conectadas a plataformas digitales, es allí donde debemos llevar la historia y la cultura del Huila mediante contenidos innovadores, atractivos y permanentes. Asimismo, sería importante impulsar una Semana de la Huilensidad Infantil en todos los municipios del departamento, donde los niños sean los protagonistas de actividades enfocadas en rescatar nuestras tradiciones. Porque si queremos preservar nuestra identidad, debemos empezar por quienes serán los encargados de transmitirla en el futuro.
Pero ninguna estrategia será suficiente si las familias no participan. Los abuelos, padres y madres son los primeros guardianes de nuestra memoria colectiva. Son ellos quienes pueden transmitir relatos, costumbres, saberes, recetas y tradiciones que ningún libro puede reemplazar. La huilensidad no es un asunto folclórico. Es un asunto de identidad. Es la memoria de quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir como sociedad.
Un pueblo que pierde sus raíces termina perdiendo también su rumbo. Por eso resulta preocupante que, mientras hablamos de desarrollo, innovación y progreso, estemos descuidando aquello que nos da identidad y sentido de pertenencia. Todavía estamos a tiempo de corregir el camino. Pero para lograrlo se requiere voluntad política, compromiso institucional y participación ciudadana. La huilensidad no puede seguir siendo un discurso de junio. Debe convertirse en una política pública permanente. Porque el futuro de nuestras tradiciones no depende de los discursos oficiales ni de los eventos protocolarios. Depende de nuestra capacidad para sembrar en cada niño huilense el orgullo de pertenecer a esta tierra.
La verdadera pregunta es si tendremos la determinación de hacerlo antes de que nuestras raíces se conviertan únicamente en un recuerdo.
