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La posverdad del tigre y los errores de la izquierda

Por: Andrés Calderón

Opinión

Así define la Real Academia de la Lengua el término posverdad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Es este un término que día a día trasciende en innumerables discusiones filosóficas y del pensamiento crítico, y que para los colombianos debe tomar gran relevancia después de los resultados electorales del pasado domingo, pues fue la herramienta usada por la campaña del candidato Abelardo de la Aspriella para ganar las elecciones.

Y no es de poca monta esta circunstancia, ni un elemento aislado en nuestro hemisferio, pues hemos visto cómo gobiernos populistas se han alzado sobre la base de este fenómeno, un hit electoral que se logra a través de conectar las emociones más fácilmente con el electorado bajo premisas no verificables que se hacen cada vez más difusas en el mundo de la internet, en el que el acceso a tanta información juega un papel contrario al que seguro muchos concebimos como democratización de la información. La posverdad que se disemina a través de las redes sociales como sus principales canales termina constituyendo una amenaza seria a la democracia, ya que elimina lo que tal vez constituye su esencia de la acción política, y eso es el escenario de la deliberación y la crítica.

Aunque coincido con muchos críticos de la campaña electoral de Cepeda en que se equivocó en temas de marketing, elección de su fórmula vicepresidencial y no ser contundente en el diagnóstico dentro de su amplia y progresista propuesta con temas como la incapacidad institucional que permitiera avanzar más en la implementación del modelo de salud, los hechos de corrupción y los errores de la política de paz total, también hay que reconocer que Petro terminó siendo su peor enemigo con sus imprudencias; le restaron mérito a la estrategia de marketing de Abelardo, quien, por supuesto, y como le pasó a Duque, tuvo todo el apoyo del establecimiento, que, como siempre en este país, hizo de los medios de comunicación su principal estandarte.

En el contexto de la posverdad, Abelardo logró reencauchar la narrativa de la inseguridad que vendió como un error de Petro y no como lo que es, un problema histórico que nunca pudo solucionar la derecha en la que navega el mismo y de la que se rodea para gobernar, los famosos nadies, que son los mismos. Por otro lado, tenemos la narrativa de la “famosa crisis económica” que nunca se sustentó en los indicadores, pero aun así fue suficiente para escandalizar a muchos pequeños empresarios que no lo entendían, pero les fue suficiente para justificar la idea de que se hace necesaria la reducción del estado, a lo Miley, con motosierra, como si esta fuera la causa. Y sin lugar a dudas, la idea de que este gobierno era corrupto, claro, con hechos de corrupción comprobados y escandalosos, sin reconocer que este es un problema, no de políticos, sino en el que nos vemos inmersos todos los ciudadanos colombianos de una u otra forma, por acción u omisión, que está en nuestro ADN y ha sido un problema histórico, así como el de la inseguridad, con hechos incluso más escandalosos en gobiernos anteriores, pero Abelardo logró convencer a 12 millones y medio de personas de que era un problema más del hoy que de ayer, de los políticos tradicionales y jamás de quienes le rodean, el honesto, el impío que se convirtió en creyente para poder ser presidente.

Al estilo Miley, el bufón que hoy es un fracaso en términos económicos en Argentina; al estilo Bukele, que pacificó un país más pequeño que Bogotá y ha sido un fracaso en materia económica; o de Trump, que representa uno de los gobiernos más guerreristas y retardatarios en materia de derechos y democracia en la historia de EE. UU., así llega hoy Abelardo a gobernar, con una clase política de larga tradición clientelista, postrada toda a sus pies, bajo la esperanza de recobrar buena parte del aparato burocrático perdido con Petro.

Por supuesto que jamás será mi intención que a un gobierno que habla de cambios positivos le vaya mal, pero a los que entendemos un poco más de Estado, cosa que demostró en las entrevistas no saber el tigre, sabemos que esta propuesta es no solo improvisada, sino que también puede ser retardataria en todos los campos. Ojalá me equivoque y la posverdad del tigre hoy no sea la verdad del mañana en nuestro país.

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