inicioOpiniónCuando el poder cambia de aliados

Cuando el poder cambia de aliados

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

No escribo estas líneas para defender o cuestionar una decisión política en particular. Tampoco representan una postura frente a un hecho específico. Mi propósito es reflexionar sobre un fenómeno que ha existido a lo largo de la historia y que sigue presente en las democracias: la forma en que cambian las alianzas y las mayorías cuando entra en juego el ejercicio del poder.

Quienes participamos en la política tenemos la responsabilidad de entender estos fenómenos sin caer en la idea de que todo es bueno o que todo es malo. Analizar no significa justificar. Explicar por qué ocurren ciertas dinámicas tampoco significa compartirlas. Mucho menos puede interpretarse como una invitación a actuar por conveniencia o a pensar que, en política, cualquier decisión es válida. Los ciudadanos tienen derecho a esperar coherencia de quienes aspiran a representarlos.

La historia demuestra que los acuerdos entre sectores que antes parecían irreconciliables no son una excepción. Han ocurrido en diferentes países y en distintas épocas. Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt se aliaron con la Unión Soviética para enfrentar un enemigo común durante la Segunda Guerra Mundial. En Sudáfrica, Nelson Mandela impulsó acuerdos con quienes habían sostenido el apartheid para construir una transición pacífica. En España, los Pactos de la Moncloa reunieron fuerzas políticas muy distintas para dar estabilidad al país. Ninguno de estos procesos estuvo exento de críticas, pero muestran que las alianzas cambiantes son una constante de la historia.

La política tiene una característica que la diferencia de otros escenarios: para tomar decisiones casi siempre es necesario construir mayorías. Esa necesidad hace que, en ocasiones, antiguos adversarios coincidan alrededor de un objetivo común. Esa coincidencia puede responder al interés general, a cálculos estratégicos o a intereses particulares. Precisamente por eso cada caso debe analizarse por sus propias razones, su contexto y, sobre todo, por sus resultados.

Sin embargo, comprender esta realidad no significa aceptar que cualquier acuerdo sea válido. La confianza de los ciudadanos se construye con coherencia, transparencia y respeto por los principios. Las alianzas pueden cambiar, pero los valores no deberían hacerlo. La búsqueda de mayorías nunca puede convertirse en una excusa para renunciar a las convicciones o para olvidar los compromisos adquiridos con quienes depositaron su confianza en las urnas.

Como ciudadano y como actor político, considero que es importante diferenciar el análisis de la conveniencia. La política necesita diálogo y capacidad para construir consensos, pero también necesita límites éticos que permitan conservar la credibilidad. Cuando esos límites desaparecen, la democracia pierde fuerza y los ciudadanos terminan alejándose de las instituciones.

Por eso vale la pena observar estos fenómenos con serenidad y sin apasionamientos. Más allá de los nombres, los partidos o los momentos, lo verdaderamente importante es preguntarnos si las decisiones fortalecen la democracia, benefician a la ciudadanía y respetan los principios que cada dirigente ha defendido a lo largo de su trayectoria. Al final, las mayorías cambian y las alianzas evolucionan. Lo que no debería cambiar es la responsabilidad de actuar con transparencia, explicar las decisiones y mantener la coherencia entre las palabras y los hechos. Esa sigue siendo la mejor forma de honrar la confianza de los ciudadano

Lo más leido