Por: Jorge García Quiroga
Hay noticias que parecen lejanas, pero que, en realidad, están sucediendo a pocos kilómetros de nosotros. Lo que hoy ocurre en el Tolima debería preocuparnos a todos, no solo por la gravedad de los incendios forestales, sino porque nos muestra, de manera concreta y dolorosa, lo que puede suceder cuando las altas temperaturas, la escasez de lluvias, la presión sobre las fuentes de agua y las acciones humanas terminan encontrándose en un mismo territorio.
La cifra es contundente: más de 31.000 hectáreas de cobertura vegetal han resultado afectadas por los incendios en el Tolima. El reporte más reciente de Cortolima habla de 31.046 hectáreas, convirtiendo esta situación en una de las mayores emergencias ambientales que ha enfrentado el departamento. Detrás de esa cifra hay bosques destruidos, cultivos afectados, animales desplazados y familias campesinas que ven amenazado su patrimonio.
El problema es que el fuego no comienza solamente cuando aparece una llama. Comienza mucho antes, cuando el suelo pierde humedad, las fuentes hídricas reducen sus caudales, la vegetación se seca y las temperaturas aumentan. El fenómeno de El Niño intensifica estas condiciones, pero no podemos atribuirle todo. También existen comportamientos humanos que pueden convertir una temporada seca en una tragedia. Una quema agrícola que se sale de control, una fogata mal apagada o una acción deliberada pueden tener consecuencias que tardan décadas en repararse.
El asunto tampoco se limita a los bosques. Cuando disminuye el agua, el problema llega directamente al campo. La ganadería, la agricultura y las familias rurales sienten primero los efectos de las altas temperaturas y la falta de lluvias. A nivel nacional, Fedegán reportó recientemente casi 10.000 bovinos muertos y más de 333.000 animales desplazados por las condiciones climáticas entre junio y agosto, además de pérdidas estimadas en $47.000 millones.
Por eso, hablar de incendios forestales es también hablar de economía, empleo, alimentación y calidad de vida. Cuando se quema una montaña no desaparecen solamente los árboles. Se pierde capacidad para retener agua, se deteriora el suelo, se afecta la biodiversidad y aumenta la vulnerabilidad de las comunidades. El material de referencia sobre El Niño advierte precisamente que la reducción de las lluvias y el aumento de la temperatura pueden disminuir los caudales, afectar los suelos y aumentar el riesgo de incendios.
También necesitamos algo que no depende de grandes presupuestos: conciencia. La prevención de incendios no puede ser responsabilidad exclusiva de los bomberos, los organismos de socorro o las autoridades ambientales. También comienza en las comunidades, en las fincas y en nuestras propias decisiones. Cuidar una fuente de agua, evitar una quema innecesaria o reportar oportunamente una columna de humo puede parecer un gesto pequeño, pero en una temporada seca puede marcar una enorme diferencia.
El Tolima nos está dejando una lección que sería irresponsable ignorar. No debemos esperar a que el humo cubra nuestras montañas para preguntarnos qué pudimos haber hecho antes. Las emergencias climáticas no siempre pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse cuando existe prevención, coordinación y voluntad de actuar.
