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La patria milagro: entre el dogma y la guerra

Por: Andrés Calderón

El conflicto armado colombiano es la guerra interna más vieja del mundo que se destaca por ser sistemática y estructural. Este conflicto se incubó a finales de los años cuarenta del siglo pasado y dio a luz formalmente en los años sesenta con la conformación de grupos guerrilleros que se expandieron por todo el territorio, paramilitares y Bacrim. Con el tiempo y decenas de intentos de procesos de paz, estas estructuras criminales han mutado: no desaparecen, han cambiado de nombre, de ideología y de estrategia. Seguramente, su constitución fue motivada con argumentaciones políticas de carácter reivindicatorio de la democracia —si es que algún día la hubo— y en contra de las oligarquías liberales y conservadoras.

Hoy, 78 años después del suceso que marcó el inicio de esta larga contienda, la muerte de Gaitán, estamos llenos de diagnósticos, pero faltos de soluciones. Sabiendo que es un problema estructural, las soluciones siempre han estado sobre la mesa a la espera de que algún gobierno tome la iniciativa de romper con este pasado. En este escenario, sería muy injusto decir que no se ha hecho nada; hemos de ser justos y reconocer los importantes procesos de paz que llevaron a la Constituyente del 91 y el más reciente Acuerdo de La Habana que nos han permitido mermar la intensidad del conflicto. Después de semejante esfuerzo, Cuba ha sido declarado vecino no grato por el actual gobierno.

El fracaso de la paz reside en la incapacidad de nuestra sociedad de establecer medidas a mediano y largo plazo. Al no lograr convertir estos acuerdos en políticas de Estado, como políticas de gobierno quedan a merced de las estrategias de cada administración, cada una con sus propios intereses, visiones de país, lectura del conflicto, sesgos y su propia corrupción. Y así, en este largo y tortuoso camino, nos hemos convertido en campeones mundiales de la violencia con gobiernos cada vez más pusilánimes y corruptos, para quienes el discurso de la guerra es la principal herramienta para conseguir votos.

Hablar de paz en este país parece una acción circunscrita al escenario religioso, un discurso de curas y pastores. Sin embargo, resulta contradictorio que, siendo la paz un principio rector de la filosofía cristiana, sus feligreses voten con frecuencia a favor de la guerra. No se concibe que un ministro de la iglesia promueva actos de confrontación cuando desde el púlpito solo proclama amor. Fueron esas incoherencias las que me hicieron distanciarme de la iglesia en la que me bautizaron. Cuando empecé a entender el mundo, Dios empezó a ausentarse de esos espacios. Paradójicamente es este gobierno, el de la guerra, el que más apoyo de las iglesias ha tenido.

 Esta contradicción ha llegado a su máxima expresión con el gobierno de Abelardo, quien está acercándonos al punto de aniquilación de la débil pero añorada democracia por la que tanta sangre ha corrido, por la que tanto hemos luchado. El nuevo gobierno erróneamente quiere llevarnos a la confrontación directa con la delincuencia, seguir haciendo uso de las estrategias que nunca han servido e incluso intensificar algunas acciones, tomando modelos fallidos del exterior, como, por ejemplo, el porte de armas por civiles, que como principio constitucional en Estados Unidos deja más de 40 mil muertos cada año, principalmente jóvenes. ¿Se imaginan si a esta sociedad tan enferma y violenta la armáramos para apaciguar las cosas? Es como tratar de apagar fuego con baldes de gasolina.

Recientemente supimos de la muerte de menores en medio de combates entre el Ejército y las disidencias. EL hecho no es nuevo, pero lo que sí lo es la exhibición de sus cadáveres como trofeos de guerra y la complacencia de la prensa oligopólica que en anteriores gobiernos criticaba estos hechos. Ya ha habido campesinos civiles heridos y decenas de soldados y policías muertos, todo esto en apenas un mes. Aunque sabemos hacia dónde va el nuevo gobierno, a quienes queremos seguridad en el marco de la democracia, respeto a la Constitución Política y derechos humanos, seguiremos abogando porque no se cierren las puertas al diálogo, que el próximo Plan de Desarrollo apunte a solucionar los problemas estructurales que han incubado la guerra y a pedir a Dios porque en su nombre no se declare más la guerra. Habrá milagro cuando se acabe el conflicto.

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