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“No, no, no me arrepiento de la política, por el contrario, yo creo que hay más compromiso con la política, más compromiso con la gente”, así, de manera contundente, contestó en conversación con La Última, el exalcalde de Neiva Héctor Aníbal Ramírez, recientemente absuelto del delito de celebración de contratos sin el cumplimiento de requisitos legales.
Hoy, tras la absolución, repasa los tres años que lo alejaron de su rutina, de la política y de su entorno familiar. Habla con un ritmo contenido, como quien vuelve sobre una historia que aún pesa, pero que ya puede narrar sin sobresaltos.
Un proceso que lo desbordó
Cuando se le pregunta cómo califica lo ocurrido, él vuelve a la estructura institucional que terminó por absolverlo. “La justicia como institucionalidad la respeto. Tiene falencias como todo en este país y en el mundo, nada es perfecto. En mi caso se equivocó, pero la misma justicia enmendó en la segunda instancia con un estudio más claro”, afirma.
La sorpresa del fallo condenatorio todavía parece intacta. Ramírez recuerda la tarde en la que escuchó la decisión mientras estaba en su casa, acompañado por su esposa y su hijo. “Realmente yo nunca creí que fuera condenado. No había ningún delito. Yo estaba esperando un fallo absolutorio. Quedé totalmente sorprendido cuando el fallo es condenatorio”, relata.
Ese desconcierto marcó lo que vendría después: presión, rumores, consejos simultáneos y una sensación de desprotección. “No había preparado nada porque no estaba dentro de las posibilidades que me fueran a condenar”, asegura. De ese momento, dice, surgieron recomendaciones contradictorias de amigos y abogados, junto con un ambiente de desprestigio que, según él, venía de tiempo atrás.
“Hay organizaciones y grupos que de manera sistemática van desprestigiando con comentarios, con cosas que dicen que suceden, pero realmente no han sucedido”, sostiene. Recuerda debates de su administración, decisiones sobre contratos y acciones que, afirma, generaron resistencias profundas. Menciona el caso OAE y otros procesos que heredó. Asegura que las determinaciones tomadas desde su despacho buscaron proteger al municipio y que esos episodios alimentaron animadversiones posteriores.
La decisión de huir
La condena lo llevó a una decisión que describe como una mezcla de miedo y desconcierto: salir de inmediato. “La decisión de escaparse, de coger una maleta y salir… muy dura”, dice. Fue una salida sin destino. “Arranqué con un amigo, conductor que siempre me acompaña, y nos fuimos sin rumbo fijo. Vámonos, porque ya llegan de una vez a capturarme. Yo no sé si esa decisión fue buena o mala. Pienso que no fue tan buena, pero fue un momento de desespero”.
A partir de allí comenzarían los años que define como los más difíciles de su vida. “Tres años de paranoia permanente, de no poder uno verse con la familia, tres años de ver que la actividad personal, profesional de uno queda en cero. El tema es supremamente difícil y yo no se lo deseo a ninguno”.
La distancia no solo complicó su día a día; también estremeció su núcleo familiar. “Me dolió mucho la familia. Nosotros somos una familia unida. Sobre todo, mi mamá, que estaba padeciendo una enfermedad y eso se agudizó. Mi hermana también estaba en las mismas condiciones”, cuenta. Hubo momentos, dice, en los que pensó entregarse, incluso sin avisar a su defensa. “Llegó un momento en que dije: me voy a entregar porque esto está muy difícil. Los abogados no estaban de acuerdo, pero uno cree al que sabe”.
Lo que dejó la experiencia
Cuando se le pregunta por el aprendizaje más fuerte, Ramírez no elude la dimensión espiritual de ese periodo. “Uno no valora lo que tiene. No valora la libertad, no valora la familia. Aprendí que hay que estar muy cerca de Dios”, dice. Insiste en que la experiencia lo llevó a reflexionar sobre rencores, discursos agresivos y la facilidad con la que, según él, se destruye reputación en el país. “Aquí lo normal es que si quieren destruir a una persona le sacan 10 o 15 calumnias. Aquí pasan de héroe a villano en un momento”.
Sobre quienes tomaron decisiones judiciales en su contra, asegura no guardar resentimiento. “Si tengo algún rencor con una persona, lo sano. La juez o el fiscal muy seguramente creían que yo tenía una responsabilidad. Muy seguramente no tenían la información completa”.
El retorno a lo público
Pese a todo lo vivido, no imagina su vida lejos del debate político. “Yo me salgo de la política cuando me muera”, afirma. Aunque evita anticipar aspiraciones concretas, considera necesario participar en la construcción de propuestas serias para los municipios y el departamento. Según él, la política local debe repensarse desde la planeación realista, no desde las promesas. “Tenemos que construir dentro de las posibilidades reales esa carta de navegación. Qué queremos en Neiva, qué queremos del Concejo, de los diputados, de la Gobernación”.
También se refiere al Partido Conservador, colectividad en la que ha militado durante años. Habla del legado intelectual de Álvaro Gómez Hurtado y de las dificultades actuales de los partidos. “La democracia es muy débil. Los partidos no tienen propuestas claras. No castigan ni defienden. Si un alcalde no cumple, el partido debería tomar medidas; si cree que es inocente, debería defenderlo. Eso no sucede”.
Asegura que lo que realmente lo motiva no es una bandera partidista, sino la posibilidad de fortalecer la institucionalidad democrática con programas precisos y evaluables.
Tres palabras para seguir
Tres conceptos lo marcaron en estos años. Los menciona sin exagerar, como si los hubiera repetido muchas veces para sí mismo: “Responsabilidad, justicia, sinceridad”. Según él, esas tres palabras deberían orientar la vida pública y privada. Las pronuncia como conclusión, pero sobre todo como punto de partida.
