Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez
Opinión
En el deporte hay derrotas que duelen en el alma, otras que golpean con fuerza, pero ninguna como la que se cocina a puerta cerrada, entre despachos olorosos a prebendas. Lo que ocurrió con la Copa Africana de Naciones es un atraco deportivo perpetrado ante los ojos de todo el mundo, por la misma institución que debería proteger la esencia del deporte más hermoso del planeta.
Recordemos que Senegal ganó la final el pasado 18 de enero del presente año, en Rabat, la casa del rival, ante casi 70.000 espectadores hostiles, con un gol en la prórroga y después de que Édouard Mendy le atajara un penal a Brahim Díaz pateado de una manera descarada. Senegal ganó en la cancha pese a que le anularon un gol legítimo, pese a los punteros láser en los ojos de sus jugadores, pese a la invasión de cancha de los aficionados marroquíes.
Sin embargo, dos meses después, la Confederación Africana de Fútbol (CAF) decidió que nada de eso importaba, invocando el artículo 82 de su reglamento para sancionar la salida momentánea de los jugadores senegaleses del terreno de juego, siendo esta una protesta de minutos ante un arbitraje escandaloso, lo cual convirtió el 1-0 en un 3-0 a favor de Marruecos. Así, sin balón, sin goles, sin sudor, el país anfitrión amaneció campeón de África.
Es increíble y me niego a creer que el fútbol se defina en un despacho; me niego a aceptar que una protesta de minutos, provocada por decisiones arbitrales, borre lo que once jugadores conquistaron deportivamente. Si la CAF tenía argumentos para sancionar, debió hacerlo la misma noche del partido, no dos meses después, cuando la copa ya reposaba en Dakar y el mundo entero había reconocido al campeón legítimo.
Aunque siendo sincero, esto no me sorprende. La CAF arrastra décadas de escándalos que habrían hundido cualquier organización seria. El camerunés Issa Hayatou la dirigió como un feudo personal durante 29 años hasta que la FIFA lo suspendió por violar su deber de lealtad. Su sucesor, Ahmad Ahmad, se convirtió en el primer presidente del organismo inhabilitado por corrupción. En 2019, la situación era tan grave que la propia FIFA tuvo que intervenir la confederación y ordenar una auditoría forense. Hoy, bajo la presidencia de Patrice Motsepe, un magnate minero que llegó al cargo sin oposición y con el respaldo de Gianni Infantino, la historia se repite con un cinismo renovado.
Lo más indignante de todo es que Fouzi Lekjaâ, presidente de la Federación Marroquí, es al mismo tiempo vicepresidente de la CAF. Así es, increíblemente es juez y parte en este proceso corrupto. Marruecos, además, será coanfitrión del Mundial 2030 organizado por la FIFA, no hay que ser conspirativo para conectar los puntos.
Por su parte, el gobierno de Senegal ha prometido llevar el caso al Tribunal de Arbitraje Deportivo en Lausana, Suiza. Ojalá la justicia llegue, pero más allá del fallo que emita un tribunal, el daño ya está hecho. Los millones de aficionados africanos miran hoy con desconfianza a la institución que debería ser la guardiana de sus sueños.
Definitivamente, el fútbol africano se merece algo mucho mejor que unos burócratas que reescriben las finales a conveniencia del poder. Lo que ocurrió es un bochorno y una herida abierta en la credibilidad del fútbol continental, porque un título que se otorga en un despacho no vale ni la tinta con la que se firma.