Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez
Opinión
Es cierto que Neiva necesita un estadio, ese no es el tema de discusión; lo que está en discusión es si construirlo sobre una isla del río Magdalena merece más aplausos que preguntas. En esta ciudad donde llevamos casi una década viendo cómo el Guillermo Plazas Alcid se desmorona, cualquier promesa de cemento nuevo suena a salvación para los ciudadanos que ya no confían en los políticos de turno, pero hay que ser objetivos, no todo lo que brilla es oro, ni toda promesa luminosa alumbra el camino correcto.
El empresario Felipe Olave Blackburn ha puesto sobre la mesa una propuesta que deslumbra, al querer realizar un estadio multipropósito para 15.000 personas, ampliable a 30.000, financiado con capital privado. Esta inversión que oscila entre los 55.000 y 65.000 millones de pesos, generaría empleo, conciertos, turismo, y fútbol, aunque hoy no tengamos equipo profesional. ¿Quién podría oponerse?
La isla Santorini, sobre el río Magdalena frente al Malecón, es el terreno elegido para esta obra, y aquí el sueño empieza a mojarse los pies. Según ha trascendido en los debates del Concejo de Neiva, la CAM tiene clasificado ese terreno como zona de exclusión ambiental con alto riesgo, al tratarse de un área de aluvión propensa a las inundaciones, lo que debería ser el centro de toda la conversación.
Por su parte, el concejal Roberto Escobar, quien siempre se ha caracterizado por apoyar el deporte, ha sido enfático en señalar los riesgos de un muro de contención en la zona de influencia del río. De su discurso me quedo especialmente con esta pregunta: “¿hacia dónde se desviarían las aguas en una creciente del Magdalena?” Además, advirtió que los permisos ambientales difícilmente estarán listos en un año y que un posible conflicto de competencias entre la CAM y la ANLA podría paralizar el proyecto, como ya ha ocurrido con otras obras en el país.
Olave, por su lado, no improvisa y responde con estudios del biólogo Germán Camargo, director de la Fundación Guayacanal, que concluyen que la isla es una terraza geológica estable con más de un millón de años de formación. Un argumento importante, sin duda, pero estabilidad geológica no es igual a viabilidad urbanística, y el POT vigente no permite construcciones en esa isla, ya que su actualización no llegaría antes del 2027.
Sin embargo, hay que reconocer que Olave ha demostrado capacidad de gestión, ha puesto su dinero sobre la mesa y ha movilizado diferentes voluntades hasta el Ministerio de Ambiente haciendo un lobby por lo alto. No es común que la inversión privada apueste por mejorar la infraestructura deportiva en Colombia, lo cual es de resaltar. Por lo tanto, la comisión accidental creada en el Concejo, integrada por algunos concejales, es un paso sensato para acompañar el proceso con rigor.
Pero el desarrollo no puede construirse contra la naturaleza y menos en una ciudad tan cálida como Neiva, donde los pocos pulmones verdes que hay son importantes para contrarrestar las altas temperaturas. La ciudad tiene terrenos, tiene espacio, tiene hambre de crecer; si la voluntad y el capital económico existen, ¿por qué empeñarse en un lugar que exige torcer la normativa ambiental? Un estadio moderno y privado puede levantarse en un suelo que no ponga en riesgo ni el río, ni a quienes vivirán cerca de sus aguas.
Mi posición es clara: sí al estadio del empresario Olave, sí a la inversión privada, sí al desarrollo de ciudad. Pero no ahí. Coincido con los críticos de este proyecto en que la prudencia no es enemiga del progreso, sino su mejor aliada. El Magdalena no necesita un muro de contención; necesita que lo dejemos respirar, que se busquen otros terrenos y que el sueño no naufrague por terquedad geográfica. Neiva merece ese estadio, solo falta ponerlo donde la tierra firme y la ley digan que sí.
