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El voto silencioso que Colombia necesita

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

Este domingo Colombia tendrá de nuevo una cita con su propio destino, dado que se celebran las elecciones presidenciales y más de 41 millones de colombianos tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el rumbo de este país o de dejarlo a la deriva del abstencionismo. Yo, al menos, no pienso quedarme en casa.

Hay quienes dicen que votar es un acto inútil, que todos los candidatos son iguales y da lo mismo. A esas personas les digo, con todo el respeto que merezcan, que están equivocados. Por fortuna el voto en Colombia sigue siendo voluntario, sin sanciones por abstención, y esa libertad, que es un privilegio democrático, se convierte en una trampa cuando los ciudadanos deciden no ejercerla.

Este ciclo electoral llegó cargado de figuras como Iván Cepeda, Paloma Valencia, nombres que generan debates con argumentos sobre el modelo de país que queremos. Sin embargo, hay uno que me genera una incomodidad, producto de sus contradictorios cambios de postura. Alguien que hace unos meses era ateo, y hoy es el seguidor número uno de las iglesias en Colombia, sin duda me genera mucha desconfianza. No votaría por alguien así, alguien como Abelardo De la Espriella.

En ese sentido, creo que los principios y las trayectorias importan. Una de las críticas más recurrentes que le hago a De la Espriella es su pasado como abogado de Alex Saab, señalado como testaferro del chavismo, lo cual es un punto que nos hace cuestionar la coherencia de su férreo discurso anti-izquierdista. Sin duda, esta postura incoherente debería generar ruido en aquellos sectores de centro y centro-derecha que aún no se deciden por quién votar.

A lo anterior, sumémosle sus polémicas apariciones mediáticas, como cuando le insistió a una periodista en ver una foto suya con doble sentido, lo que lo obligó a pedir disculpas de manera pública. Además, su discurso agresivo en contra de la prensa y los opositores genera temor en sectores moderados, quienes ven en su propuesta un riesgo de autoritarismo. Estoy seguro que Colombia no necesita otro caudillo de micrófono que confunde el ruido con la firmeza.

De la Espriella dijo en múltiples ocasiones que no se lanzaría a la política, hasta que cambió de opinión mencionando que eran los planes de Dios, después de que no creía en su existencia. Y aunque cambiar de opinión es un derecho, hacerlo así, con esa ligereza sobre algo tan serio como aspirar a la presidencia y sus principios religiosos, habla de una coherencia que yo, como ciudadano objetivo, no puedo ignorar.

Tampoco podemos olvidar el episodio de las firmas en el que De la Espriella radicó más de 5 millones de apoyos ciudadanos, pero la Registraduría descartó al menos 3 millones como no válidos, generando una investigación del CNE que sacudió su campaña. Al final, su candidatura sobrevivió por el mínimo legal, no por la contundencia de sus respaldos. Eso, para alguien que se vende como la renovación de Colombia, dice mucho.

En ese contexto, el voto útil este domingo no es necesariamente el voto del candidato que mejor le caiga a usted. Es el voto pensado, el voto silencioso que no se deja llevar por la emoción del momento, ni por las encuestas que en más de una ocasión han fallado estrepitosamente. Como un dato no menor, en las elecciones parlamentarias de marzo de 2026, la abstención superó el 49% en ciudades como Medellín, lo cual significa que casi uno de cada dos colombianos eligió callarse.

Por lo tanto, desde este espacio los invito a que el domingo salgan y voten con criterio. Voten con la cabeza fría y el corazón limpio, porque en política, dejarse llevar por las encuestas es dejarles a otros la tarea que solo usted puede hacer. Por eso, piense usted, vote usted, decida usted.

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