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Deporte y tragedia

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

Lo ocurrido en Popayán deja una sensación difícil de explicar. Un espacio pensado para el entretenimiento terminó en tragedia. Una conductora, al mando de un vehículo modificado de gran tamaño, perdió el control en medio de una exhibición automovilística. El resultado fue doloroso: varias personas heridas, familias afectadas y la pérdida de vidas, entre ellas una niña que asistía como espectadora.

Este tipo de hechos no encaja en las tragedias habituales del deporte. Aquí no se trata del esfuerzo físico ni de los límites del cuerpo humano, sino de la interacción entre tecnología, organización y entorno. Los llamados “monster trucks” son vehículos diseñados para el espectáculo, con modificaciones que aumentan su potencia, tamaño y capacidad de maniobra. Precisamente por eso, requieren condiciones técnicas muy estrictas para su operación.

Cuando ocurre una falla, como se investiga en este caso, el riesgo se desplaza rápidamente hacia el público. Y ahí es donde la seguridad deja de ser un detalle y se convierte en el elemento más importante. En términos sencillos, estos eventos deben funcionar como un sistema con varias capas de protección. No basta con una sola barrera. Se necesita distancia adecuada, estructuras capaces de contener un vehículo de alto peso, revisión mecánica rigurosa y protocolos claros de reacción.

Lo sucedido en Popayán también invita a mirar una realidad más amplia. En Colombia, y en muchas regiones, los eventos deportivos y recreativos crecen con entusiasmo y participación, pero no siempre con el mismo nivel de planificación técnica. En el Huila y en otros departamentos, se han visto actividades donde vehículos, animales o estructuras hacen parte del espectáculo sin que existan controles suficientes. En la mayoría de los casos no ocurre nada. Pero cuando algo falla, las consecuencias pueden ser graves.

A nivel internacional, los antecedentes son claros. En exhibiciones automovilísticas, rallies y espectáculos similares, los accidentes más delicados suelen estar relacionados con la pérdida de control de los vehículos. Por eso, los estándares de seguridad en estos eventos han evolucionado hacia algo fundamental: anticipar el riesgo y reducir su impacto.

En ese contexto, hay un elemento que muchas veces pasa desapercibido pero que es esencial: los seguros. Un evento de este tipo no solo debe pensar en cómo evitar un accidente, sino en cómo responder si ocurre. Los seguros permiten atender de manera oportuna a las víctimas, cubrir gastos médicos, respaldar a las familias y dar una respuesta institucional adecuada. No reemplazan la vida ni el dolor, pero sí marcan una diferencia en la forma en que una sociedad acompaña a quienes resultan afectados.

Hablar de esto no es señalar, es construir. Es entender que el deporte y el entretenimiento deben avanzar junto con la responsabilidad. Las familias que asisten a estos espacios lo hacen con confianza, buscando un momento de alegría. Esa confianza debe ser protegida.

Lo de Popayán duele, especialmente por quienes estaban allí como espectadores, por los niños, por las familias. Pero también deja una enseñanza clara. La emoción del espectáculo necesita de la técnica, del cuidado y de la previsión. Porque cuando todo eso está presente, el deporte puede seguir siendo lo que debe ser: un espacio de vida.

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