Por Franky Vega
Hay decisiones judiciales que se cumplen porque son decisiones judiciales. Y hay decisiones judiciales que, aun cuando deben acatarse, merecen ser discutidas con toda la fuerza de la democracia, porque pueden producir algo mucho más peligroso que una simple controversia jurídica: pueden terminar confundiendo la libertad con la censura y la laicidad con el silenciamiento de la fe.
Eso es exactamente lo que siento frente a la decisión de un juez de Bogotá que ordenó al presidente Abelardo de la Espriella ofrecer disculpas públicas por los actos religiosos realizados durante su posesión presidencial del pasado 7 de agosto.
El Presidente ya cumplió. Ofreció las disculpas ordenadas, ero hizo algo más: dejó claro que sigue creyendo y terminó diciendo lo que, al parecer, para algunos se ha convertido en una provocación imperdonable: “¡Viva Cristo Rey!”
Y yo pregunto: ¿En qué momento decir que uno cree en Dios se convirtió en una ofensa para Colombia? NO, SEÑORES: COLOMBIA NO ES UN ESTADO ATEO. Hay que decirlo sin miedo y sin complejos, Colombia es un Estado laico, Sí, pero Colombia no es un Estado ateo. Y esa diferencia parece que algunos quisieran borrarla deliberadamente.
La Constitución de 1991 no empieza diciendo que el pueblo colombiano invoca la protección del Estado, tampoco invoca la protección de la ciencia, mucho menos invoca la protección del ateísmo. La Constitución comienza diciendo en su preambulo: “Invocando la protección de Dios”, y no lo digo yo, lo dice nuestra Constitución.
Y hay algo todavía más contundente, el artículo 192 de la misma Constitución establece que, al tomar posesión, el Presidente de la República debe prestar juramento: “Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia”, entonces aquí aparece una paradoja que debería hacernos pensar: ¿Cómo puede ser constitucional que el presidente jure ante Dios y, al mismo tiempo, pueda ser obligado judicialmente a pedir disculpas por expresar públicamente su fe?. La respuesta debe estar en comprender correctamente qué significa que Colombia sea un Estado laico.
La laicidad significa que el Estado no tiene una religión oficial, que ninguna iglesia puede convertirse en dueña del poder público, que todas las confesiones deben recibir igual protección, que nadie puede ser perseguido por creer, pero tampoco puede ser perseguido por no creer. Eso es libertad, eso es pluralismo, eso es democracia.
La propia Corte Constitucional ha sido clara: la invocación a Dios en el Preámbulo no convierte a Colombia en un Estado confesional, incluso ha señalado que el Constituyente de 1991, al introducir esa referencia y mantener el juramento presidencial a Dios, no hizo una profesión de ateísmo; entonces, ¿por qué algunos parecen interpretar la laicidad como si significara que un Presidente debe esconder sus convicciones religiosas cuando habla públicamente?
Una cosa es que el Estado no pueda imponer una religión, otra muy distinta es que se pretenda imponerle al ciudadano —porque el Presidente también es ciudadano— que esconda la suya. Aquí está el corazón del debate, Abelardo de la Espriella es Presidente de Colombia, pero antes de ser Presidente es una persona, es un ciudadano Colombiano, tiene conciencia, tiene convicciones, tiene libertad religiosa, tiene derecho a creer y tiene derecho a decir que cree.
El artículo 18 de la Constitución protege la libertad de conciencia y el artículo 19 garantiza la libertad de cultos y establece que toda persona puede profesar libremente su religión y difundirla individual o colectivamente, entonces, ¿Desde cuándo un Presidente pierde esos derechos fundamentales por el simple hecho de llegar a la Casa de Nariño?
El Estado debe ser neutral, el ser humano no tiene que serlo frente a sus propias convicciones, el Estado no puede decirle a un ciudadano qué Dios debe adorar, pero tampoco debería decirle que debe esconder que adora a Dios.
¿Qué fue lo que realmente pasó en la posesión?. La ceremonia del 7 de agosto incluyó un espacio de invocación y alabanza con participación de representantes de distintas confesiones: católica, evangélica y judía. El fallo cuestionó ese componente y concluyó que se había afectado la neutralidad religiosa del Estado.
Podemos discutir jurídicamente si ese acto oficial fue compatible o no con el principio de neutralidad. Y debemos hacerlo, pero hay algo que me cuesta aceptar: que una oración pueda convertirse en una ofensa.
Que pedirle a Dios protección para Colombia pueda terminar siendo considerado una vulneración de derechos, que hablar de Jesucristo pueda convertirse en algo de lo que un Presidente tenga que disculparse ante la Nación, porque entonces la pregunta deja de ser jurídica, se vuelve cultural, se vuelve moral y espiritual.
¿Y qué pasa con los creyentes?, aquí está mi indignación.Porque cuando se ofende una creencia religiosa, muchas veces se nos dice a los creyentes que debemos ser tolerantes y debemos serlo, cuando alguien no cree en Dios, debemos respetarlo, cuando alguien es ateo, debemos respetarlo, cuando alguien profesa otra religión, debemos respetarlo, cuando alguien es agnóstico, debemos respetarlo, pero el respeto debe funcionar en dos sentidos. La libertad religiosa no puede convertirse en una autopista de un solo sentido.
No puede significar: “Usted tiene derecho a no creer, pero yo tengo la obligación de callar que creo”, eso no es pluralismo, eso sería una nueva forma de intolerancia, una intolerancia con apariencia de neutralidad.
No estoy defendiendo que el Estado favorezca una iglesia, no estoy defendiendo privilegios religiosos, yo Estoy defendiendo algo mucho más sencillo: el derecho a creer, que nadie nos obligue a esconder a Cristo, yo respeto profundamente a quien no cree en Dios, pero también reclamo respeto por quienes creemos. Y somos millones.
Los colombianos que nos consideramos creyentes en Dios, no somos una minoría clandestina, no somos ciudadanos de segunda categoría, no tenemos que esconder nuestras cruces, no tenemos que bajar la voz cuando hablamos de Cristo, no tenemos que pedir permiso para decir: Dios bendiga a Colombia, ojo yono quiero un Estado confesional, quiero un Estado que respete al creyente. Que quede claro.
por eso esta columna no es contra un juez, es contra una interpretación que considero equivocada y peligrosa, porque hoy se le dice a un Presidente que debe pedir disculpas por una expresión religiosa, mañana, ¿qué sigue?,
¿Ahora resulta que creer en Dios es ofender a Colombia?, hay decisiones que indignan. Ordenar al Presidente disculparse por invocar a Dios y expresar su fe católica es una de ellas. ¡Colombia es laica, no atea! Nuestra Constitución comienza invocando la protección de Dios y el Presidente jura ante Él al posesionarse. ¿Desde cuándo la fe se convirtió en una ofensa?, respetamos al que no cree, pero exigimos respeto por quienes creemos en Dios y en Jesucristo. Laicidad no es censura. La libertad no puede ser para todos, menos para los creyentes. No nos avergüenza creer. No pediremos perdón por nuestra fe. ¡Viva Cristo Rey! ¡Dios bendiga a Colombia!
