Por: Andrés Calderón
El sabotaje al proceso de empalme por parte del gobierno entrante, además de ser un acto claramente ilegal, fue usado de forma estratégica para seguir alimentando su tesis de la famosa olla raspada y la corrupción del gobierno Petro. Tanto así fue, que al show le siguió un segundo capítulo, este todavía más absurdo que el anterior, en el que Abelardo presentó al país el “libro de la verdad” frente a nada más ni nada menos que el propio Procurador general de la Nación y la fiscal general de la nación, un hecho puro de realismo mágico que dejó atónito a más de uno, en donde cabe preguntarse ¿acaso no son la fiscalía y la procuraduría las que deberían investigar y tener pruebas de hechos de corrupción? Y ¿qué tanta seriedad existe en la redacción de este libro de la verdad, cuando en tiempo récord descubrió la “podredumbre” de un gobierno, además basados en AI y recortes noticiosos? Si así de eficiente fue Abelardo, así de incompetentes son la fiscalía y la procuraduría cuando un tercero les hizo el trabajo en 15 días.
Verdad, la puesta en escena del nuevo gobierno que, dueño ahora de los todos los saberes y el “más alto tecnicismo” burocratico, parece habernos convertido en una verdadera patria milagrosa, donde la verdad pasa a ser patrimonio de una sola voz que funge como un oráculo; ya vimos todos cómo el nuevo gabinete antes de jurar lealtad a la Constitución y la ley, decidió hacerlo al dogma cristiano, el de las iglesias evangélicas que le apoyaron en campaña y que hoy alimentan toda la estructura de gobierno. Petro se quedó en pañales con el nombramiento del pastor Saab ante la abatida del tigre, pues el expresidente Petro les abrió espacios, pero Abelardo les entregó la educación, las relaciones internacionales, les entregó todo.
Dueño de la verdad que le reconocen una minoría de adeptos fanáticos, el señor Abelardo ahora hace uso de la falacia como su principal herramienta para imponer a las mayorías diversas su línea doctrinal y su voluntad, así, por ejemplo, ha querido presentar su proyecto de ley del presupuesto general de la Nación como el presupuesto de “la verdad” en contraposición al presupuesto que este años presento el gobierno Petro y que llamaron “presupuesto de la mentira”, cuyo destino fue el rechazo por mayorías parlamentarias arguyendo su desfinanciación y elevado costo, eso sí, sin explicar a la opinión pública que la financiación venía atada a un proyecto de ley que llamaron “de financiamiento económico” una pequeña reforma de la tributación que solucionaba el problema y que tampoco aprobaron.
El erudito vicepresidente, señor Restrepo – sí, el mismo que calló ante el crecimiento del gasto y la deuda pública en los últimos gobiernos, y quien fuese Ministro de Hacienda de Duque (donde también crecieron estos rubros), ahora ungido por Abelardo como dueño de la verdad, de la forma más descarada y después de criticar a Petro, presenta ante el Congreso una intención de gastos y endeudamiento mucho mayores a los del presupuesto anterior. Pero cuando la argumentación de estos sabios se reduce a aducir que existían datos ocultos como el pago de interés de la deuda que hoy deben cubrir, uno empieza a dudar. Esa justificación no es cierta: dicha información siempre ha sido pública y fluctúa según los contextos por la extrema sensibilidad de los mercados internacionales, lo que hace que las estimaciones varíen mes a mes. De aquello, de la presentación de ese presupuesto anterior, apenas han transcurrido dos meses.
Pero si, además, Restrepo se apega a la tesis del Congreso de que el gobierno era un derrochador y por eso le negaron el presupuesto a Petro, y ahora presenta una nueva propuesta 60 billones de pesos por encima de la anterior, la coherencia de su relato se desmorona. Por otra parte, la aseveración de que el Estado es demasiado grande y debe ser reducido -deducción que no se sustenta en su presupuesto y que es falsa- puede desmentirse fácilmente con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos OCDE y el Banco Mundial. Al revisar las cifras de 2025, el gasto público colombiano (33,2 % del PIB) aparece muy por debajo de la media de la OCDE. De hecho, bajo un ejemplo más cercano y crudo, nuestro gasto es menor que el de Estados Unidos, que ronda entre el 33,8 % y el 37,8 % del PIB. Esto destruye la narrativa de que el “gobierno del cambio” fue un derrochador; su comportamiento no difiere del de la cuna del devaluado capitalismo y el neoliberalismo, la misma que diseminó por el mundo el dogma de los Estados pequeños mientras se coronaba campeona mundial de la deuda pública. A estas alturas, resulta inevitable cuestionar la investidura de oráculo del presidente Abelardo para empezar a verlo, sencilla y llanamente, como un charlatán.
El milagro contraría la verdad, es opuesto a la ciencia, pues esta no deja nada a la superstición o el deseo, se sustenta en hechos científicos, o sea, a reales, verificables, por eso nuestra patria y nuestro estado no puede ser un “milagro” debe basarse en la constitución y la ley, y en la rigurosidad que exige la ciencia de la administración pública. Ya lo dijo una vez Jesús de Nazaret: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21, Marcos 12:17 y Lucas 20:25). Nuestro estado es laico y en su presupuestación no debe hablarse de milagros, este debe ser el resultado de un ejercicio riguroso y transparente, solo así será verdadero.
