inicioOpiniónDe los golpes al diálogo: ¿Estamos educando mejor a nuestros hijos?

De los golpes al diálogo: ¿Estamos educando mejor a nuestros hijos?

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

No soy psicólogo ni experto en educación infantil. Pero como padre y ciudadano comprometido con el bienestar de la niñez, me he sentido llamado a reflexionar sobre cómo estamos formando a las nuevas generaciones, a la luz de los avances científicos y en contraste con las prácticas que marcaron nuestra infancia en Colombia.

Quienes crecimos en los años 80 o 90 recordamos una formación basada en la obediencia y el castigo físico. La chancleta, el rejo o el grito eran herramientas comunes de corrección. Las emociones no se hablaban; se reprimían. Nuestros padres actuaban con las herramientas que tenían, en una cultura que consideraba la dureza como sinónimo de buena educación. Pero hoy sabemos más. Y con ese conocimiento, también llega una mayor responsabilidad.

Diversos estudios han demostrado que el castigo físico no solo es ineficaz, sino dañino. Una revisión publicada por la American Psychological Association (Gershoff & Grogan-Kaylor, 2016) concluye que golpear a los niños está asociado con mayor agresividad, ansiedad, baja autoestima y dificultades en su comportamiento social. No se forman mejores personas a través del miedo; se cultivan adultos inseguros o desconectados emocionalmente.

Asimismo, la teoría del apego desarrollada por John Bowlby y Mary Ainsworth, afirma que el desarrollo saludable de un niño requiere vínculos afectivos seguros. Los niños necesitan sentir que sus emociones son acogidas y que sus cuidadores son fuentes de confianza y consuelo. Esta base fortalece su regulación emocional, empatía y estabilidad psicológica a lo largo de la vida.

En la misma línea, investigaciones sobre experiencias adversas en la infancia (Adverse Childhood Experiences, ACEs), lideradas por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, han demostrado que el maltrato físico o emocional en los primeros años incrementa de forma significativa el riesgo de depresión, adicciones, violencia y enfermedades crónicas en la adultez.

En Colombia, la situación es preocupante. Según cifras del ICBF, en 2023 se registraron más de 60.000 casos de violencia contra menores. Algunos terminan en tragedias: muertes por castigos extremos, suicidios adolescentes tras años de abuso, niños institucionalizados por entornos familiares hostiles. La psicóloga Isabel Cuadros ha insistido en que el maltrato raras veces comienza con brutalidad. Suele iniciar con una nalgada “correctiva”, un grito justificado “por su bien” o una humillación disfrazada de autoridad. El verdadero peligro radica en lo que la sociedad sigue validando como “normal” en el proceso de formar a un niño.

Hoy, hablar de una educación respetuosa no es hablar de permisividad. La disciplina positiva, impulsada por Jane Nelsen y respaldada por numerosos estudios, propone límites firmes desde la empatía, el diálogo y la coherencia. Se trata de acompañar, no de someter. De orientar, no de castigar.

Muchos de nosotros educamos mientras intentamos sanar. No se trata de juzgar a quienes nos guiaron, sino de hacer conciencia sobre cómo podemos hacerlo mejor. Si tenemos acceso al conocimiento, también tenemos un compromiso ético de aplicarlo.

La infancia deja huellas. Algunas fortalecen, otras duelen. Hoy sabemos que es posible formar con respeto, amor y firmeza. Sabemos que ni los gritos ni los golpes construyen carácter. Si logramos orientar a una generación que no tenga que sanar de su desarrollo temprano, habremos logrado algo mucho más transformador que cualquier reforma o política pública.

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