Por: Carlos Ernesto Álvarez Ospina
Opinión
Las próximas elecciones presidenciales no serán unas elecciones normales. No se tratará simplemente de escoger entre izquierda o derecha, entre un partido u otro, entre un candidato simpático o uno con mejor discurso. Lo que Colombia se jugará en las urnas será mucho más profundo. Está en juego la supervivencia institucional del país, la autoridad del Estado, la división de poderes, la seguridad de los ciudadanos y el futuro económico de millones de familias.
Después de años de incertidumbre, improvisación y confrontación permanente desde el poder, Colombia enfrenta una decisión histórica. Continuar por el camino del debilitamiento institucional y la polarización o intentar recuperar el rumbo de un país donde el mérito, la seguridad y la confianza vuelvan a ser prioridad.
Hoy muchos colombianos sienten miedo. Miedo de hablar. Miedo de emprender. Miedo de invertir. Miedo de salir a las carreteras del país. Y ese sentimiento no nace de la imaginación. Nace de una realidad donde la criminalidad volvió a ganar territorio, donde grupos armados se fortalecen mientras el Estado retrocede y donde pareciera que el discurso del gobierno ha sido más complaciente con los violentos que con las víctimas y la Fuerza Pública.
El país no puede normalizar que quienes durante décadas sembraron terror hoy pretendan convertirse en actores privilegiados de la política nacional, mientras millones de ciudadanos honestos trabajan, pagan impuestos y cumplen la ley sin recibir garantías mínimas de seguridad.
Muchos sectores temen que un eventual gobierno de continuidad del petrismo profundice ese modelo de permisividad, debilitamiento de la autoridad y confrontación con el sector productivo. La preocupación no es ideológica sino práctica. Colombia necesita empleo, inversión, crecimiento y confianza. Ningún país avanza cuando el empresario es tratado como enemigo, cuando las instituciones son desacreditadas desde el mismo poder o cuando la incertidumbre espanta oportunidades.
Las elecciones de 2026 serán entonces un plebiscito sobre el futuro de la nación. Colombia debe decidir si recupera la seguridad, fortalece la economía y defiende las instituciones democráticas, o si continúa en una ruta donde cada día el Estado parece más débil frente al crimen y más distante de las necesidades reales de la gente.
La derecha colombiana también tiene enormes responsabilidades. No basta con criticar. Debe presentar liderazgo, carácter, propuestas serias y una visión moderna del país. Debe entender que millones de ciudadanos no quieren discursos vacíos ni politiquería tradicional. Quieren orden, oportunidades, estabilidad y resultados.
El país necesita volver a creer en sí mismo. Volver a premiar el esfuerzo. Volver a respetar la ley. Volver a garantizar que el ciudadano honesto no se sienta abandonado mientras los violentos reciben privilegios.
Porque esta vez Colombia no se juega simplemente un cambio de gobierno.
Se juega su rumbo histórico.
