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La cuenta llega

Por: Edwin Renier Valencia Rodriguez

Opinión

Por estos días, levantarse temprano en cualquier barrio popular es presenciar la misma escena repetida: la señora que vende tinto sube cinco pesos al vasito y se disculpa con la mirada; el pan que antes costaba doscientos ahora vale trescientos y nadie se atreve a reclamar porque el panadero también está ahogado; la bolsa de arroz, la libra de carne, el transporte, todo sube, silencioso, constante, sin avisos, sin rueda de prensa, sin discurso presidencial.

La carestía no estalla de un día para otro. No hace ruido. No se ve en titulares brillantes. La inflación se mete en la vida por la puerta de atrás, como un visitante que no invitamos pero que terminó viviendo con nosotros. Cada día deja algo más caro, algo más difícil, algo más doloroso.

Mientras tanto, desde los escritorios del poder, nos hablan de crecimiento, de estabilidad, de “medidas técnicas”. Pero en la esquina, en la plaza, en la cocina de la casa, la gente sabe otra cosa: la plata ya no alcanza. Y no es un problema de malas decisiones personales. No es que la gente “no sepa administrar”. No. Es que el salario está perdiendo la pelea contra la realidad.

Las madres cabeza de hogar se vuelven malabaristas de lo imposible. Los adultos mayores, que dieron la vida trabajando, ahora cuentan monedas para un mercado que ya no rinde. Los jóvenes se preguntan cómo construir un futuro cuando ni siquiera pueden llenar la nevera.

Pero lo más preocupante no es la inflación. Es la sensación de abandono.

Parece que al gobierno no le duele el hambre. Parece que a muchos políticos les importa más el negocio, el evento, la foto, el discurso para la televisión, la pelea en redes, que la nevera vacía de las familias que dicen representar. Nos repiten promesas que ya hemos escuchado mil veces. como si nuestra necesidad fuera garantía de su permanencia.

Y aquí viene la pregunta incómoda, esa que todos evitamos porque nos confronta:

Si sabemos quiénes nos han fallado, ¿por qué seguimos eligiéndolos?

¿Por qué seguimos entregando nuestra esperanza a los mismos nombres, los mismos apellidos, los mismos discursos reciclados que han vivido de la pobreza mientras hablan de combatirla? Si la inflación crece en silencio, nuestra resignación también.

Nos acostumbraron a “aguantar”, a “dar gracias” por lo poco, a pensar que “así es la vida”. Pero no. La vida no tiene por qué ser injusta, ni dura, ni humillante. Eso lo hacen los sistemas, las decisiones, las prioridades y las manos que las firman.
Porque cuando el pueblo se levanta, no con violencia, sino con dignidad y claridad, nada ni nadie lo detiene.

El próximo voto, la próxima decisión, la próxima conversación en la tienda, en la familia, en el barrio, puede ser el inicio del cambio o la repetición de la misma historia de hambre y olvido. Colombia merece algo más que simplemente “aguantar”. ¿Qué opinas?

#uncaféconvalencia

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