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El Centro de Detención Metropolitano (MDC) de Brooklyn no es una prisión convencional; es una mole de hormigón que se eleva sobre el sector industrial de Nueva York y que, tras la detención de Nicolás Maduro en enero de 2026, ha vuelto a ser el centro de la atención internacional. Sin embargo, lo que ocurre dentro de sus muros no se conoce por los informes oficiales, sino por las voces de quienes lograron salir. El testimonio de un ex prisionero, difundido por cadenas como CNN en Español, ofreció una radiografía detallada del entorno donde el exmandatario venezolano pasa sus horas.
“Es el infierno en la Tierra”, sentencia el ex detenido al describir su estancia en el MDC. Según su relato, la estructura del edificio está diseñada para anular psicológicamente al interno. Al ser una “cárcel vertical”, los prisioneros carecen de acceso a patios abiertos o luz solar natural. “Vives bajo luz fluorescente las 24 horas del día. Pierdes la noción de si es de día o de noche, y eso es lo primero que te empieza a quebrar”, relata el hombre, cuya identidad se mantiene protegida por razones de seguridad tras haber convivido con figuras del crimen organizado.
El ex recluso detalló que los internos de alto perfil, como es el caso de Maduro debido a los cargos de narcoterrorismo que enfrenta, son recluidos en la Unidad de Vivienda Especial (SHU). En este sector, el aislamiento es casi total. Las celdas son espacios mínimos de concreto con una litera de acero y un colchón delgado de apenas unos centímetros. El contacto humano se reduce a los pocos minutos en que un guardia abre la ranura de la puerta para entregar la comida. Este encierro prolongado, de hasta 23 horas diarias, es una de las mayores quejas presentadas por organizaciones de derechos humanos ante el Departamento de Justicia.

“La comida es otro castigo”, afirma el ex prisionero. En su testimonio, denuncia que las raciones suelen ser insuficientes, a menudo llegan frías y, en ocasiones, en condiciones de higiene cuestionables. Este relato coincide con múltiples demandas presentadas ante cortes federales que mencionan plagas de roedores y falta de agua potable en diversas áreas del penal. A esto se suma el ruido incesante: el eco de las puertas de acero al cerrarse y las vibraciones del metro cercano generan un ambiente sonoro que impide el descanso. “No hay silencio absoluto, pero sí una soledad absoluta”, asegura el ex interno, quien afirma que muchos prisioneros desarrollan cuadros severos de ansiedad y depresión a las pocas semanas.
Un aspecto crítico mencionado en la entrevista es el sistema de climatización y la precariedad de los servicios básicos. El ex prisionero recordó inviernos donde la calefacción fallaba sistemáticamente y los prisioneros debían envolverse en mantas finas de lana para soportar temperaturas gélidas que se filtraban por las estructuras metálicas. “Es un lugar donde el tiempo se detiene, pero el cuerpo se desgasta rápido”, añade, subrayando que la atención médica es lenta y se limita a emergencias extremas, lo que genera un estado de vulnerabilidad constante.
Para un detenido de la categoría de Nicolás Maduro, el régimen actual implica estar bajo vigilancia constante de cámaras y patrullas especiales. Según el ex detenido, el protocolo para figuras de este calibre incluye registros corporales frecuentes y el uso de grilletes en manos, pies y cintura para cualquier movimiento fuera de la celda, incluso para ir a las reuniones con sus abogados a través de vidrios blindados. No hay acceso a internet, ni a televisión comercial, solo a una pequeña selección de libros aprobados que circulan de celda en celda tras ser revisados exhaustivamente por el personal de seguridad.
Este testimonio ofrece una visión que dista de los protocolos estandarizados de la Oficina Federal de Prisiones y plantea un escenario de extrema dureza para el ex líder venezolano. La transición ha sido total: ha pasado de la opulencia del Palacio de Miraflores a la austeridad radical de una celda en Brooklyn, donde el silencio y el concreto son sus únicos acompañantes mientras espera el inicio de su juicio ante la Corte del Distrito Sur de Nueva York. Las denuncias de este ex prisionero reflejan una realidad institucional marcada por el abandono, en una cárcel que ha sido descrita por jueces federales como “plagada de problemas” y que ahora es el hogar involuntario de uno de los personajes más controvertidos del escenario político mundial.
