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Intentando entender una tragedia

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

Hace unos días, Neiva conoció una noticia que estremeció a toda la ciudad. Wendy Johana, una joven madre de apenas 25 años, falleció después de sufrir graves quemaduras en gran parte de su cuerpo tras un hecho que hoy es materia de investigación judicial y que ha generado indignación, dolor y múltiples preguntas en la opinión pública.

Confieso que cuando leí la noticia quedé impactado. No lograba entender cómo un ser humano puede llegar a causarle semejante sufrimiento a otro. Durante varios días le di vueltas al asunto. Como seguramente les ocurrió a muchos lectores, había algo que simplemente no me cabía en la cabeza.

Por eso decidí detenerme a leer, indagar y preguntar a algunos amigos profesionales del area. No para justificar lo ocurrido ni para emitir juicios sobre un caso que corresponde esclarecer a las autoridades, sino para intentar comprender qué dice la ciencia sobre las personas que llegan a cometer actos de violencia tan extremos.

No soy psicólogo, ni psiquiatra, simplemente un ciudadano que, como muchos huilenses, quedó profundamente conmovido por esta tragedia. Sin embargo, encontré algunas explicaciones que vale la pena compartir porque ayudan a entender un fenómeno que, aunque parece incomprensible, ha sido estudiado durante décadas por especialistas de todo el mundo.

Lo primero que encontré fue algo que me sorprendió. Los expertos afirman que la mayoría de las personas que cometen actos de violencia extrema contra sus parejas no necesariamente padecen una enfermedad mental. Esa fue una de mis primeras conclusiones equivocadas al conocer la noticia. Pensé que alguien tendría que estar completamente fuera de sí para hacer un acto de estas características.

Sin embargo, investigadores como Donald Dutton, reconocido por sus estudios sobre violencia de pareja, sostienen que detrás de muchos de estos casos aparecen factores como la necesidad de control, los celos extremos, la incapacidad para aceptar el rechazo y profundas dificultades para manejar emociones como la rabia o la frustración.

En palabras sencillas, algunos agresores dejan de ver a la otra persona como un ser humano libre y comienzan a verla como algo que les pertenece. Cuando sienten que están perdiendo ese control, pueden reaccionar de formas que para la mayoría resulta imposible de comprender.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido además que muchos episodios de violencia grave suelen estar precedidos por amenazas, intimidaciones, conductas obsesivas o agresiones previas. No significa que toda amenaza termine en una tragedia, pero sí que son señales que nunca deberían ser ignoradas.

Mientras más leía, más entendía que este no parece ser un problema de amor. De hecho, varios especialistas coinciden en que cuando aparecen el control, las amenazas y la agresión, ya no estamos hablando de amor. Estamos hablando de poder.

Quizás por eso la historia de Wendy ha generado tanta conmoción. Porque nos obliga a mirar más allá de un titular y a preguntarnos qué podemos hacer como sociedad para reconocer a tiempo las señales de riesgo y evitar que tragedias como esta vuelvan a repetirse.

Las autoridades tendrán la responsabilidad de establecer la verdad jurídica de este caso. A nosotros nos corresponde otra tarea: aprender de estas historias para que el dolor de una familia no termine convertido simplemente en una noticia más.

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