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Entre goles y rajaleñas

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

Por primera vez, la Copa del Mundo se abrió a 48 selecciones, tres países anfitriones y una avalancha de partidos que parecen decirnos que aquí cabe todo el mundo. Y eso, debo admitirlo, me gusta. Me gusta ver nuevas camisetas, nuevos himnos, nuevas hinchadas y países que pasaron de ver la fiesta por televisión a vivirla en directo.

Por eso, siento que este Mundial tiene brillo, pero también tiene ruido. Tiene estadios llenos, estrellas encendidas, historias pequeñas que se agigantan y selecciones que han aprovechado la oportunidad para recordarnos que la pelota no entiende de pasaportes ni distingue razas. Eso es lo bueno: el fútbol volvió a parecer una plaza pública donde todos pueden disfrutar.

En medio de esa fiesta aparece Colombia, y ahí el corazón me pide escribir con emoción, pero la cabeza me obliga a escribir con prudencia. La Selección ya está clasificada a la siguiente ronda, hizo la tarea y llega al partido contra Portugal con carácter.

Sin embargo, no compro todavía el discurso de la coronación anticipada. En Colombia somos expertos en pasar de la ilusión al exceso, y del exceso al golpe contra la pared. Por lo tanto, aunque ya estamos clasificados a la siguiente ronda, el Mundial apenas inicia, porque es ahora cuando la Tricolor debe demostrar de qué está hecha.

Lo malo del Mundial está en esa manía de convertir el fútbol en un centro comercial con césped. Las pausas de hidratación, necesarias cuando el clima aprieta, han terminado oliendo demasiado a pausa publicitaria, que, aunque no nos guste, seguramente llegó para quedarse en el futuro.

También incomodan los precios por las nubes de algunas entradas, porque un Mundial que presume ser de todos no puede terminar siendo un lujo para pocos.

A su vez, lo que ocurre fuera de la cancha, como las visas negadas, los controles migratorios, las tensiones culturales, las discusiones políticas y una industria paralela de estafas y falsificaciones que se alimenta de la pasión de la gente, termina enlodando un Mundial que, en lo deportivo, ha estado a la altura.

Por eso, aunque este Mundial todavía tiene cuentas pendientes, también hay que reconocerle a la FIFA que puso sobre la mesa una fiesta más amplia, diversa y cercana al mundo real del fútbol. El balón está rodando con sus luces y sus sombras, pero sigue teniendo esa magia capaz de juntar países, barrios y familias alrededor de una misma ilusión.

Y mientras Colombia se mide ante Portugal con respeto, ambición y los pies sobre la tierra, en el Huila también sabemos celebrar a nuestra manera: con rajaleñas, asado, bambuco, San Pedro y corazón opita. Que el Mundial nos encuentre soñando con la Selección, pero que nadie se olvide de pegarse la rodadita por Neiva, porque si el fútbol une al país, las fiestas sampedrinas nos recuerdan de dónde venimos y cómo se celebra la alegría cuando nace del pueblo.

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