Por: Edwin Renier Valencia Rodriguez
Opinión
Durante décadas, la política latinoamericana se explicó a través de un eje aparentemente sencillo: izquierda contra derecha. Las campañas, los debates y hasta las conversaciones familiares terminaban reducidas a esa dicotomía. Sin embargo, algo parece estar cambiando. Más que un giro ideológico, estamos presenciando un cambio en la forma como los ciudadanos eligen a sus líderes.
Hoy muchos votantes ya no parecen identificarse con partidos políticos tradicionales. Se identifican con personas.
El ascenso de figuras como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador o Donald Trump en Estados Unidos ilustra un fenómeno que va mucho más allá de sus diferencias ideológicas. Sus propuestas no son idénticas, sus contextos tampoco y sus modelos económicos tienen matices importantes. Sin embargo, comparten un rasgo que millones de ciudadanos perciben como valioso: proyectan la imagen de líderes que toman decisiones y producen resultados.
Ese puede ser el verdadero cambio político de nuestro tiempo. La ciudadanía parece estar cansada de gobiernos que prometen mucho y ejecutan poco. Frente a ello, empieza a valorar perfiles que transmiten capacidad de acción, incluso cuando generan controversia.
En América Latina esto tiene una explicación. La región acumula décadas de bajo crecimiento económico, altos niveles de informalidad, corrupción persistente y una profunda pérdida de confianza en las instituciones. Según diversos estudios de opinión, la confianza en los partidos políticos se encuentra entre las más bajas de cualquier institución pública. En ese escenario, muchos ciudadanos ya no buscan una ideología; buscan alguien que parezca capaz de resolver problemas.
En otras palabras, la política empieza a parecerse más al liderazgo empresarial. Los empresarios no sobreviven defendiendo teorías; sobreviven resolviendo problemas. Si una estrategia no funciona, la cambian. Si el mercado cambia, innovan. Esa lógica de ejecución es precisamente la que muchos votantes esperan hoy de quienes gobiernan.
Eso no significa que los empresarios deban gobernar ni que todos los líderes carismáticos sean buenos gobernantes. Tampoco implica que los partidos hayan perdido toda relevancia. Las instituciones siguen siendo fundamentales para la democracia.
Lo que sí parece evidente es que la legitimidad política ya no depende únicamente de un color ideológico. Depende, cada vez más, de la capacidad de producir resultados visibles.
Y esa transformación también representa un riesgo.
Cuando las personas depositan toda su confianza en un individuo, las instituciones pueden debilitarse. La historia demuestra que las democracias sólidas necesitan líderes fuertes, pero también contrapesos fuertes. El desafío consiste en encontrar ese equilibrio.
En Colombia, donde se aproxima un nuevo ciclo electoral, quizá la discusión debería ser menos sobre quién representa la izquierda o la derecha, y más sobre quién tiene la capacidad de construir una visión de país, ejecutar políticas públicas eficaces y fortalecer el aparato productivo.
Porque al ciudadano común le preocupa mucho más conseguir empleo, emprender, producir y vivir con seguridad que las etiquetas ideológicas que aparecen en un discurso.
Tal vez el verdadero cambio político del siglo XXI no sea el regreso de la derecha ni el fracaso de la izquierda. Tal vez sea el fin de la política de las etiquetas y el comienzo de la política de los resultados. ¿Qué opinas?.
#UnCaféConValencia
