Por: Andrés Calderón
Opinión
Lo de Juliana Guerrero y su hermana es una situación que en cualquier otro gobierno habría sido insostenible. Seguro que la izquierda hubiera hecho de este caso un escándalo de proporciones mayores a los de la misma revista Semana y demás medios de comunicación tradicionales hoy afines al nuevo gobierno, entre esos y con línea editorial muy clara, por ejemplo, el periódico La Nación – Huila. Pero a pesar de esa imparcialidad, casi todos tienen razón. Creo que hoy coincidimos muchos, tanto sectores de derecha como de izquierda, en que esta es una circunstancia en la que el presidente de la República ha denotado una pasividad que raya en la complicidad.
Sin embargo, y a sorpresa de muchos, dentro del mismo gobierno y sectores políticos afines al presidente, se escuchan voces en defensa de las hermanas Guerrero; incluso se atreven a atacar a sus copartidarios, los que, si son críticos de la situación, endilgándoles falta de lealtad y hasta atreviéndose a tratarlos como tibios o de derecha. Por ejemplo, esta semana, dos figuras representativas del progresismo en el Huila, la actual representante a la Cámara Lourdes Mateus y el excandidato a la misma circunscripción Mauro Sánchez, en un acto de valentía y comportamiento ético, salieron a controvertir las posturas del presidente frente al caso y exigir respuestas judiciales; ya están siendo masacrados por algunos en redes sociales.
Pero esta situación no es única de la izquierda ni se referencia como un único caso; todos hemos visto cómo, históricamente, los gobiernos han guardado silencio y hasta han pasado la raya, igual que Petro, para defender lo indefendible. Acuérdense ustedes de casos como el de Sabas Pretelt o Andrés Felipe Arias, que, a pesar de su condena y de haber huido del país, fue recibido como héroe por el Centro Democrático después de su extradición a Colombia. Recuérdese también el caso de la exministra de las TIC de Duque, Karen Abudinen, quien, a pesar del escándalo, se sostuvo en el cargo hasta días antes del debate de moción de censura en el Congreso, que, por el ambiente, se intuía iba a prosperar; ni el presidente ni el gobierno fueron capaces de aceptar el hecho y pedir disculpas a la Nación.
Aquí lo importante de resaltar, habiendo dejado primero claro que estos sesgos son de todo el espectro político, no es cuestión solo de izquierdas hoy por lo de las hermanas Guerrero. Es que en Colombia transita con mucha fuerza un fenómeno de connotaciones globales que afecta las democracias y las ha llevado, entre otras cosas, a gobiernos altamente populistas. Eso es la polarización que en sus entrañas trae altas dosis de radicalismo, un comportamiento más que visceral, en el que el elector se hace inmune a cualquier tipo de racionamiento y sigue las premisas de su líder sin objeción alguna.
Entre las principales consecuencias de este fenómeno, aparece el rechazo a la ley que se presenta como el cambio del estado de derecho al estado de opinión en el que el líder manipula la realidad, o sea, implanta su propia verdad, deslegitima las instituciones y convierte al electorado en su propio verdugo, pues termina apoyando el autoritarismo y la corrupción. Ya vieron ustedes cómo Trump instó a la masa furibunda a tomarse el Capitolio Nacional por su derrota electoral y hoy en el poder ha implantado una política de terror en la población migrante, actuando por encima de las posturas del Congreso y la misma justicia.
Por su parte, hoy los furibundos seguidores de Abelardo no estuvieron dispuestos a reconocer su largo y cuestionado prontuario en campaña y mucho menos reconocen hoy que la historia de los nunca es cuento chino, que son los de siempre y hasta cuestionadas personas las que integrarán su gabinete, así como el presidente Petro nunca aceptó los cuestionamientos a Benedetti, Laura Sarabia y las hoy acusadas hermanas Guerrero. El que se desmarque de estas posturas, como ya lo mencioné, claramente será lapidado por sus copartidarios y será visto como traidor de la causa, no como persona crítica capaz de anteponer a su militancia partidista y amor caudillista, la ley y el estado.
