La paradoja de la paz
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En Colombia hemos convertido a la juventud en un símbolo obligatorio de la paz. Se repite que los jóvenes son el futuro, que representan la esperanza y que deben ser los principales constructores de una sociedad reconciliada. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces queremos formular: ¿qué futuro estamos ofreciéndoles realmente?
Porque una cosa es hablar de la juventud y otra muy distinta es conocer la realidad de los jóvenes colombianos.
Mientras miles de jóvenes estudian, emprenden, trabajan, participan en organizaciones sociales y utilizan la tecnología para transformar sus comunidades, otros viven en territorios donde las oportunidades son escasas y la presencia del Estado resulta insuficiente. Allí, un grupo armado puede estar más cerca que una universidad, una oferta laboral o un proyecto institucional.
Le pedimos a la juventud que construya el futuro, pero en determinadas regiones seguimos permitiendo que el presente esté condicionado por la violencia, la pobreza, el narcotráfico y la falta de oportunidades. ¿Cómo pedirle a un joven que elija la legalidad cuando la ilegalidad es, en ocasiones, la única economía visible en su territorio?
No se trata de justificar la violencia ni de convertir a los jóvenes en víctimas inevitables de las circunstancias. Se trata de reconocer una realidad: cuando el Estado no llega con educación, empleo, infraestructura, seguridad y oportunidades, otros actores ocupan ese espacio.
Y allí surge una disputa que trasciende el territorio. Es una disputa por el futuro de una generación.
La juventud colombiana tampoco es homogénea. Existe una enorme diferencia entre el joven de una ciudad que puede acceder a la educación superior, a la conectividad, al empleo y a las redes de emprendimiento, y aquel que crece en una zona rural donde la economía ilegal puede convertirse en su principal referente laboral y social.
Hablar de “la juventud colombiana” como si todos partieran del mismo punto es ignorar la desigualdad.
También sería injusto desconocer el enorme potencial transformador de los jóvenes. En universidades, barrios, municipios y comunidades existen iniciativas de innovación, emprendimiento, cultura, tecnología, deporte y participación ciudadana que demuestran que la juventud no quiere ser simplemente receptora de políticas públicas: quiere ser protagonista.
Pero el protagonismo no significa utilizar a los jóvenes como discurso.
Una generación no se empodera con consignas; se empodera con oportunidades.
El problema aparece cuando la política convierte a la juventud en una categoría electoral, social o discursiva, pero no consigue traducir las promesas en educación pertinente y digna, en seguridad y posibilidades reales de movilidad social.
La paz, entonces, no puede reducirse a la ausencia de combates ni a la firma de acuerdos. Tampoco puede depender exclusivamente de discursos de reconciliación. Una paz sostenible requiere que un joven tenga razones concretas para permanecer dentro de la legalidad.
Porque si la ilegalidad ofrece dinero, reconocimiento, pertenencia y poder, mientras que la legalidad ofrece desempleo, incertidumbre y abandono institucional, la batalla por el futuro ya comenzó con una enorme desventaja.
El problema tampoco termina allí. La polarización política ha encontrado en las redes sociales un terreno fértil. Jóvenes que deberían estar aprendiendo a debatir terminan, muchas veces, atrapados en discursos de confrontación, desinformación y antagonismo. El adversario político empieza a convertirse en enemigo y el diálogo pierde terreno frente al insulto.
Una sociedad que no aprende a discutir sus diferencias sin convertirlas en enemistades difícilmente podrá cerrar los ciclos de violencia que ha heredado durante décadas.
Y aquí existe una responsabilidad que no puede recaer exclusivamente sobre los jóvenes. Las generaciones anteriores también deben preguntarse qué país están entregando. No podemos exigirles que superen las heridas del pasado mientras seguimos transmitiéndoles nuestros odios, nuestras divisiones y nuestras frustraciones políticas.
Colombia no necesita una juventud utilizada como decoración de los discursos oficiales. Necesita jóvenes preparados, seguros, críticos, productivos y capaces de participar en las decisiones que definirán su futuro.
La verdadera pregunta no es si los jóvenes quieren construir la paz. Muchos ya lo están haciendo.
La pregunta es si el Estado, la sociedad y las generaciones que los preceden están dispuestos a crear las condiciones para que puedan hacerlo.
Porque un joven con educación, empleo, seguridad y oportunidades tiene más herramientas para construir futuro. Un joven abandonado por el Estado y rodeado de violencia puede terminar convertido en un instrumento de quienes viven de la guerra.
Por eso, la paradoja es evidente: Colombia habla de una juventud constructora de paz, mientras que en algunos territorios todavía existen estructuras que compiten por convertirla en combustible de la violencia.
Resolver esa contradicción será una de las grandes pruebas en Colombia.
De lo contrario, seguiremos pronunciando discursos sobre el futuro mientras entregamos a las nuevas generaciones un país atrapado en los conflictos del pasado.
La juventud no debe heredar la guerra. Debe heredar las oportunidades para construir algo diferente.