Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez
En el deporte, hay jugadas que terminan con un silbato, otras, con el silencio de un estadio; pero la del pasado 2 de noviembre, durante el encuentro entre Tenerife y Andorra por la Segunda División de la Liga de España, terminó apagando una vida. Jesús de Miguel, un futbolista de apenas 30 años, murió después de recibir un brutal impacto en el pecho por parte del arquero rival, Jesús Owono. Sin duda, una tragedia que jamás debió ocurrir y que hoy nos obliga a preguntarnos qué tan efímera es la vida.
He observado las imágenes y no encuentro palabras para justificar una salida tan temeraria, desmedida y peligrosa. Fuimos testigos de cómo una rodilla levantada convirtió una disputa deportiva en una desgracia irreparable. ¡Ningún balón vale una vida! Por eso considero indispensable una sanción ejemplar, ajustada al reglamento, que recuerde que la integridad del adversario está por encima de cualquier resultado.
No obstante, hay algo que me indigna tanto como aquella acción y es que mientras una familia llora a su ser querido, las redes sociales han convertido al portero en blanco de insultos y amenazas. Algunas personas incluso cruzan la línea y lo tildan de asesino.
No tengo razones para creer que Owono ingresó al campo con la intención de matar. Es evidente que los futbolistas salen a competir, a defender sus colores y a perseguir sueños, no a arrebatar vidas. De esa manera, una acción puede ser irresponsable sin constituir un asesinato y este lamentable episodio es prueba de ello.
Que nadie malinterprete mis palabras. No pretendo absolver al arquero ni minimizar la tragedia, pero sí exijo responsabilidades deportivas, una investigación rigurosa y medidas que permitan prevenir hechos semejantes en un futuro. Pero me niego a convertir la cárcel en una exigencia popular sin fundamento judicial o el linchamiento mediático en una segunda sentencia, dado que la justicia no puede obrar con publicaciones cargadas de odio.
Me duele pensar en los sueños que De Miguel dejó inconclusos, en los abrazos que su familia nunca volverá a recibir. También me conmueve imaginar el peso que Owono deberá cargar sobre su conciencia por el resto de sus días. Una vida se apagó para siempre y otra podría quedar marcada por una culpa insoportable.
Hoy quiero pedirle al fútbol que recuerde su verdadera esencia. Que enseñe a competir sin atropellar, a sancionar sin humillar y a llorar sin odiar. La pelota no se mancha; la que se mancha es nuestra humanidad cuando confundimos justicia con venganza. Por ende, si algo debemos aprender de esta tragedia es que ningún triunfo merece una vida y ninguna muerte debe convertirse en excusa para destruir otra.
