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La fiesta del fútbol y sus sombras

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

Amo el fútbol porque tiene una virtud que pocas cosas en el mundo logran y es unirnos a pesar de las diferencias. Un mundial más que un torneo; es una pausa en la rutina de lo cotidiano, una fiesta donde las penas se olvidan y donde un gol puede hacer sentir la misma emoción a un niño, a un abuelo o a un desconocido. Por eso, el inicio de la Copa del Mundo 2026 despierta una ilusión en millones de espectadores.

Esta edición llega con aires de grandeza, dado que será el mundial más amplio de la historia, con 48 selecciones, tres países anfitriones y una agenda deportiva capaz de convertir a Norteamérica en el centro del planeta fútbol. Los países de México, Estados Unidos y Canadá tienen una oportunidad de mostrar gran organización, una diversidad cultural amplia y el fervor deportivo. Es tan así, que este torneo puede ser un puente de unión en tiempos donde el mundo parece empeñado en dividirse.

Pero a toda fiesta, incluso la más esperada, también debe mirarse con sus luces y sombras. En ese sentido, días antes del inicio, varias situaciones han recordado que el fútbol no vive en una burbuja. Los altos precios de las entradas han golpeado la ilusión de muchos aficionados que soñaban con estar en las tribunas y ahora tendrán que conformarse con mirar desde casa o en el mejor de los casos, en los alrededores de los estadios que albergarán estos eventos deportivos.

Es cierto que organizar un evento de esta magnitud exige recursos inmensos, pero también es cierto que el mundial pierde parte de su alma cuando el hincha común pierde la posibilidad de ser testigo directo del mayor espectáculo deportivo.

A eso se suma un clima migratorio que contradice el espíritu del torneo como lo sucedido con el árbitro Omar Abdulkadir Artan, quien pese a estar designado para dirigir en la cita mundialista, y con documentación al día, no pudo entrar al país sede. A su vez, delegaciones y aficionados enfrentan trabas de visa, tensiones diplomáticas y restricciones, que alejan aún más al hincha de esta fiesta deportiva.

A esto se suman otros retos como las protestas en países anfitriones como México, las inquietudes por la seguridad, los efectos del calor, movilidad urbana y el impacto que un evento tan grande puede tener sobre las ciudades. Estas no son razones para apagar la celebración, pero sí para exigir cuidado y responsabilidad.

Por eso, mi postura es que este torneo merece ser celebrado, pero también observado con criterio. Los baches existen y no se pueden esconder bajo los fuegos artificiales, pero tampoco deberían robarnos la emoción de ver rodar la pelota. Al final, el fútbol siempre encuentra la manera de imponerse uniendo familias, llenando calles, despertando recuerdos y nos devuelve, aunque sea por un mes, esa ilusión de creer juntos en algo.

Que las críticas sirvan para mejorar, que los organizadores escuchen, que los hinchas sean respetados y que el espectáculo no olvide su raíz popular. Pero ahora que empieza esta fiesta deportiva, también vale abrirle espacio a la alegría. Miremos los partidos, vivamos los goles, abracemos las sorpresas y dejemos que la pelota hable. Porque, con sus luces y sus sombras, la Copa del Mundo sigue siendo ese lugar donde el planeta se detiene, respira fútbol y vuelve a sentirse parte de una misma tribuna.

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